El pequeño pueblo quedaba oculto detrás de viejos cañaverales, donde el canto del gallo al amanecer y el sonido del cencerro del ganado al atardecer marcaban el ritmo de la vida diaria.
En una choza de adobe, inclinada y desgastada, al final del pueblo, Doña Carmen había vivido más de setenta años.
Su esposo murió cuando ella apenas pasaba de los treinta.
Desde entonces, sola, sacó adelante a su único hijo, Mateo, con lo poco que tenía.
Eran tiempos de extrema pobreza.
Doña Carmen trabajaba donde hubiera trabajo: cavando la tierra, cargando agua, sembrando arroz para otros… todo para que su hijo no pasara hambre y tuviera aunque fuera unas sandalias para ir a la escuela.
Muchas veces ella se quedaba sin comer, guardando el último bocado para Mateo.
Pero Mateo creció sin interés por los estudios.
Abandonó la escuela a la mitad y se fue con sus amigos a trabajar como albañil.
Ella nunca lo reprochó.
Siempre pensó que, algún día, su hijo aprendería a ser responsable.
Con los años, el cuerpo de Doña Carmen se fue apagando.
Las piernas que antes caminaban sin descanso ahora temblaban.
La vista se nubló, el oído falló.
Ya no podía hacer trabajos pesados; apenas cuidaba las gallinas y el fogón.
Desde que Mateo se casó con Lucía, el ambiente de la casa cambió por completo.
Lucía casi no hablaba con su suegra, y cuando lo hacía, cada palabra pesaba.
Las comidas se volvieron silenciosas.
Mateo fingía no escuchar, dejando que su esposa tratara a su madre con frialdad.
En los últimos años, Doña Carmen sufría reumatismo y asma.
Cuando cambiaba el clima, tosía sin parar, las rodillas se le hinchaban y el dolor la doblaba.
Necesitaba que su nuera le calentara agua para aliviarse.
Pero Lucía murmuraba con fastidio:
—Todo el día enferma… puro gasto en medicinas.
—¿Acaso esta casa imprime dinero?
Mateo también empezó a sentirse abrumado.
El trabajo de albañil era inestable; en temporada de lluvias no había empleo.
El dinero para las medicinas de su madre se llevaba gran parte del ingreso, mientras su hijo estaba en edad escolar.
La presión diaria, sumada a las quejas constantes de su esposa, fue desgastando lentamente su sentido de gratitud y deber.
Una noche, cuando Doña Carmen dormía, Lucía llevó a Mateo al corredor:
—Tienes que pensarlo bien.
—Tu madre ya no sirve para nada, solo está acostada y gasta.
—La gente vieja debería saber cuándo hacerse a un lado y no estorbar a los hijos.
—Si la seguimos manteniendo… solo vamos a ser más pobres.
Esas palabras fueron como cuchillos girando en la cabeza de Mateo.
No durmió en toda la noche.
Y entonces nació una idea cruel…
una idea que jamás había osado imaginar.
A la mañana siguiente, fingiendo alegría, le dijo a su madre:
—Mamá, dicen que en el cerro detrás del pueblo hay tierra nueva para sembrar verduras.
—Te llevo a dar una vuelta, para que te distraigas.
Doña Carmen sonrió.
Sus ojos opacos aún brillaron como los de una niña:
—Sí… hace mucho que no subo al cerro.
—De joven iba a recoger moras ahí.
Mateo tomó un canasto, puso una manta delgada y ayudó a su madre a sentarse.
Durante el camino, ella habló sin parar:
del año de la gran inundación,
del pez que atrapó una vez para guisárselo a él cuando era niño.
Cada recuerdo era una aguja clavándose en su pecho.
Pero él siguió adelante.
Al llegar a un claro escondido bajo árboles espeso, Mateo bajó a su madre y dijo:
—Siéntate aquí un momento.
—Voy a cavar un hoyo para sembrar.
Doña Carmen asintió sin sospechar nada.
Mateo levantó la azada.
Con cada golpe, la tierra soltaba un olor húmedo.
El sudor corría por su frente, pero el corazón se le congelaba.
Cuando el hoyo fue lo suficientemente profundo, se acercó para ayudarla.
Ella, débil, preguntó en voz baja:
—¿Qué vas a sembrar que necesita un hoyo tan hondo, hijo?
Mateo no respondió.
La bajó con cuidado dentro del hoyo.
En ese instante, los ojos de Doña Carmen se iluminaron, como si entendiera todo.
No se resistió.
Solo suspiró:
—Mateo… estás cansado, ¿verdad?
—Perdóname… por haber vivido tanto tiempo.
Las manos de él comenzaron a temblar.
Pero en su mente resonaban las palabras de su esposa:
“Piensa en los niños…”
Cerró los ojos y lanzó el primer puñado de tierra.
El segundo.
El tercero…
Entonces, la voz de su madre se elevó, débil pero clara:
—Mateo… ¿recuerdas cuando eras niño y tuviste fiebre alta?
—Te cargué tres noches seguidas afuera para que te diera el aire…
—Pensé que te iba a perder…
Mateo se quedó paralizado.
La azada cayó al suelo.
La imagen de su madre, flaca, despeinada, con los ojos rojos de desvelo, regresó como un golpe.
Ella continuó, entrecortada:
—Si en otra vida… volvemos a encontrarnos…
—yo todavía… querría ser tu madre.
Eso lo quebró.
Mateo cayó de rodillas, llorando, abrazó a su madre:
—¡Mamá! ¡Perdóname!
—¡Estoy equivocado! ¡No puedo hacerlo!
La sacó del hoyo, temblando como alguien que acaba de asomarse al abismo.
Pero el final llegó igual…
y más pronto de lo que imaginó.
Dos semanas después, la salud de Doña Carmen empeoró.
Una noche de lluvia y viento, respiraba con dificultad, apretando la mano de su hijo:
—Gracias… por haberme traído de vuelta aquel día…
Y se fue…
tan ligera como el humo.
El día del entierro, Mateo bajó el ataúd con sus propias manos.
Cada palada de tierra era un peso de culpa que caía sobre su alma.
Pero esta vez,
era tierra de despedida,
no la tierra cruel de aquel cerro.
El hoyo en la colina aún permanece, cubierto apenas por hierba rala.
Cada vez que Mateo pasa por ahí, se detiene largo rato.
Porque entiende que nunca olvidará ese instante en que estuvo frente a su madre,
sosteniendo en las manos
el puñado de tierra más pesado de toda su vida.
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