
No escuché llantos. No escuché el desgarrador grito de un hombre que acaba de perder a su esposa tras doce horas de parto agónico. Lo que escuché fue un suspiro. Un suspiro de alivio que salió de los pulmones de Rodrigo, el hombre al que una vez llamé “mi vida”.
—Por fin —susurró él. Su voz no tenía rastro de dolor, solo una impaciencia asquerosa.
—Ya pasó, hijo mío. Dios sabe lo que hace —dijo doña Bernarda, mi suegra. Pude imaginarla persignándose con esa hipocresía que solo ella dominaba, apretando su rosario de plata mientras en su mente ya contaba los ceros de mi cuenta bancaria.
Y luego estaba Sofía, su asistente… su amante. Sentí el roce de su perfume barato cuando se acercó a Rodrigo. —Lo logramos, amor. Todo es tuyo ahora. Todo es nuestro.
En ese momento, el Dr. Salazar, mi único aliado en ese nido de víboras, bajó la mascarilla. Su rostro era una máscara de seriedad profesional, pero yo sabía que bajo sus guantes de látex, el plan estaba en marcha. —Hora de la muerte: 22:14 —declaró con voz firme—. Lo lamento, señor Vargas.
Rodrigo ni siquiera se acercó a besar mi frente fría. Estaba demasiado ocupado mirando el reloj, ansioso por llamar al notario. Pero Salazar no se retiró. Se dio la vuelta, me miró por un segundo y luego se dirigió a ellos con una frialdad que cortaba el aire.
—Hay algo más. El parto ha tenido complicaciones imprevistas… pero exitosas en su origen. Son gemelos…
El silencio que siguió fue tan denso que casi se podía tocar. —¿Gemelos? —la voz de Rodrigo tembló, pero no de alegría—. Las ecografías… solo decían uno. —La naturaleza a veces se oculta de la ciencia, señor Vargas —respondió Salazar—. Tienen un niño y una niña. Están en neonatos, luchando por su vida.
Vi, desde mi limbo de sedantes, cómo la codicia reajustaba sus piezas. Bernarda, siempre rápida, siseó: —Dos herederos… eso duplica nuestra asignación como tutores, Rodrigo. Cállate y sonríe.
No tenían ni idea. Aquellas hienas estaban celebrando sobre mi “cadáver”, sin saber que la pesadilla apenas comenzaba para ellos. Porque mi historia no empezó en esa cama de hospital. Empezó seis meses antes, en nuestra finca de las afueras de Madrid, cuando descubrí que el hombre que dormía a mi lado no era un arquitecto brillante, sino un asesino paciente.
Yo era la heredera de los Hoteles De la Vega. Tras la muerte de mi padre, me quedé sola en un mundo de tiburones. Rodrigo apareció como un salvavidas; era encantador, hablaba de familia, de valores, de un futuro juntos. Pero el día que firmamos el “sí, quiero”, la máscara cayó. Su madre se mudó con nosotros “para ayudar con el embarazo”, pero pronto la casa se llenó de sombras.
Recuerdo perfectamente la tarde en que el velo se me cayó de los ojos. Estaba de cuatro meses. Bajé a la cocina, descalza sobre el mármol frío, y escuché susurros en el comedor. —Tienes que aguantar, Rodrigo —decía Bernarda—. El abogado es claro: si te divorcias ahora, el contrato prenupcial te deja en la calle. Pero si ella fallece… y hay un niño, tú manejas el imperio como tutor legal. —Es insoportable, mamá. Tan sensible, tan “empalagosa”. Sofía ya no quiere esperar más en las sombras. —Dile a esa chica que tenga paciencia. El embarazo es de riesgo. Un pequeño “descuido” con sus vitaminas, un poco de estrés acumulado… y la naturaleza hará el resto. Solo asegúrate de que se tome el té que yo le preparo cada noche.
El corazón se me detuvo en ese instante. El té. Ese brebaje con sabor a hierbas rústicas que Bernarda me obligaba a tomar “por el bien del bebé”. Esa noche, en lugar de beberlo, lo vertí en una maceta de azaleas en el balcón. Al amanecer, las flores estaban negras, quemadas desde la raíz.
Fue entonces cuando comprendí que no podía huir. Si intentaba divorciarme, Rodrigo usaría su encanto y sus contactos para declararme inestable y quitarme a mi hijo. Tenía que jugar su juego. Tenía que ser más astuta que ellos.
Parte 3:
Contacté al Dr. Salazar, el mejor amigo de mi padre. Él analizó las cápsulas que Bernarda me daba. —Es veneno, Elena —me dijo, horrorizado—. Anticoagulantes potentes mezclados con extractos que provocan desprendimiento de placenta. Están planeando que te desangres en el parto. Tenemos que ir a la Guardia Civil.
—No —le dije con una determinación que no sabía que poseía—. Si vamos ahora, dirán que fue un error, que la madre es una anciana confundida. Se irán libres y yo viviré huyendo. Quiero que crean que ganaron. Quiero que se confíen hasta que el lazo esté alrededor de sus cuellos.
Durante meses, fingí. Me maquillaba ojeras, fingía desmayos, dejaba que Rodrigo me gritara y me humillara mientras yo grababa cada palabra con micrófonos ocultos en las lámparas de la mansión. Aprendí a vaciar las cápsulas de veneno y rellenarlas con azúcar. Vi cómo se relamían al verme “debilitada”.
El día del parto, Rodrigo provocó una pelea monumental. Me gritó cosas horribles, rompió un jarrón cerca de mis pies, buscando que mi presión arterial estallara. Cuando rompí aguas, él no llamó a la ambulancia. Se sentó a terminar su copa de vino tinto mientras llamaba a Sofía para decirle que “el gran día había llegado”.
Llegamos al hospital al límite. Pero Salazar estaba listo. Juntos, planeamos mi “muerte”. Un fármaco experimental que ralentizaría mis constantes vitales hasta el punto de engañar a cualquier monitor común, bajo la supervisión estricta de su equipo de confianza.
Y ahora, aquí estamos. En la habitación 402. El abogado de la familia, el Licenciado Valeriano, entró en la habitación justo cuando Rodrigo intentaba hacerse el afligido frente a la policía que acababa de llegar por “protocolo de fallecimiento”.
—Señor Vargas —dijo Valeriano con una voz que parecía un trueno—. Antes de proceder con cualquier trámite, debo leer la cláusula de vida que su esposa dejó establecida hace tres meses. —¿Qué cláusula? ¡Ella está muerta! —gritó Rodrigo, perdiendo los papeles—. ¡Yo soy el heredero!
—La cláusula se activa ante su deceso clínico —continuó el abogado, ignorándolo—. Dice así: “En caso de mi muerte durante el parto, si nacen gemelos, se activa una auditoría forense inmediata sobre cada sustancia en mi cuerpo y se liberan los archivos digitales de la carpeta ‘Justicia’ entregados a la Fiscalía General”.
Rodrigo se puso pálido. Bernarda intentó retroceder hacia la salida, pero dos oficiales le bloquearon el paso. —Señor Vargas —dijo el fiscal del distrito, apareciendo tras el abogado—, tenemos grabaciones de usted y su madre discutiendo la dosis de anticoagulantes. Tenemos el video de su amante celebrando la muerte de la señora De la Vega en este mismo pasillo hace diez minutos.
—¡Es mentira! —chilló Bernarda—. ¡Esa perra nos quería arruinar! ¡Todo lo hicimos por la familia! —Se acabó, mamá —balbuceó Rodrigo, desplomándose en una silla.
Fue en ese momento cuando decidí que la función había terminado. Mis dedos se movieron. Mi pecho subió con una bocanada de aire que llenó mis pulmones de vida real. El monitor, ajustado por Salazar, volvió a emitir el latido rítmico y potente de un corazón que no se rinde.
Abrí los ojos. La luz del hospital me cegó un segundo, pero cuando enfoqué, vi la cara de terror puro de Rodrigo. Se orinó encima, literalmente. El charco se extendió por el suelo del hospital mientras él se arrastraba hacia atrás, como si hubiera visto al mismo demonio.
—Hola, Rodrigo —dije con una voz que salió de las profundidades de mi fuerza—. ¿Qué tal estaba el champán?
Él no podía hablar. Solo balbuceaba incoherencias. —¡Fantasma! ¡Es un fantasma! —gritaba Sofía, escondiéndose detrás de la cortina.
—No soy un fantasma, querida —le respondí, sentándome lentamente en la cama con la ayuda de Salazar—. Soy la mujer que te va a quitar hasta el aire que respiras.
Miré a Bernarda, que temblaba como una hoja. —Tus tés eran una basura, suegra. Pero gracias a ellos, mis hijos crecerán sabiendo exactamente qué tipo de monstruos existen en el mundo. Oficiales, llévenselos. Intento de asesinato, conspiración para el fraude y abandono de persona.
Mientras los esposaban, Rodrigo empezó a suplicar. —Elena, perdóname… fue ella, fue mi madre… ella me obligó. ¡Tenemos hijos, piensen en los niños!
—Tú no tienes hijos, Rodrigo —sentencié—. Tienes una condena. Sal de mi vista.
Cuando la habitación quedó vacía, el silencio se llenó con el llanto de dos bebés que traían desde la incubadora. Salazar los puso en mis brazos. Eran perfectos. Eran mi victoria.
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