COMPRÓ UN BECERRO MORIBUNDO CON SUS ÚLTIMAS MONEDAS… Y LE CAMBIÓ LA VIDA PARA SIEMPRE

En los años cincuenta, cuando el sol parecía quedarse a vivir sobre los cerros y la tierra se agrietaba de sed como si tuviera boca propia, había un pueblito escondido entre caminos polvorientos y milpas raquíticas, allá por el rumbo donde la sierra se tiñe de azul al atardecer. En aquel lugar, la gente no contaba los días por el calendario, sino por la lluvia que llegaba o por la que se negaba, por la cosecha que alcanzaba o por la que se perdía.

Ahí vivía Julián Ramírez, un joven de manos ásperas y mirada clara, de esos que no nacieron con nada pero traen por dentro una terquedad bonita: la de creer que el futuro se puede empujar con trabajo. No poseía tierras propias. Sembraba maíz en parcelas prestadas por vecinos y conocidos, en el ejido, donde a veces lo dejaban meter la yunta a cambio de ayudar después en la cosecha. Julián se levantaba antes de que cantara el gallo, con el cuerpo aún cansado del día anterior, y salía con su coa al hombro, soñando con un pedazo de tierra que fuera suyo, aunque pequeño, duro, y lleno de piedras que otros no querían.

Vivía con su esposa Rosa y con su hijo, un chamaco de ojos grandes que se reía con cualquier cosa. La casa era una promesa de adobe: aún olía a barro fresco y a humo, con paredes que ellos mismos levantaban ladrillo por ladrillo, cuando había tiempo y fuerza. Rosa, con su rebozo y su paciencia infinita, hacía rendir el maíz y los frijoles como si fueran milagros. Tenían unas gallinas flacas que picoteaban la tierra y de vez en cuando dejaban un huevo tibio que se sentía como tesoro.

Julián no era rico, pero era digno. Y por eso le dolía tanto ver la injusticia. Una mañana de calor pesado, de esas donde el aire raspa la garganta y el polvo se pega a la piel como segunda camisa, caminaba por un sendero viejo para revisar su milpa. Solo se escuchaban algunos pájaros y el ruido de sus huaraches sobre la tierra seca. Fue entonces cuando lo vio: a lo lejos, junto a un corral hecho con palos y alambre torcido, un hombre mayor —de sombrero fino y botas nuevas— gritaba como si el mundo le debiera algo. Y frente a él, temblando, había un becerro tan flaco que parecía hecho de huesos y tristeza.

El hombre le soltaba golpes y desprecio como si eso fuera remedio. “¡No sirves pa’ nada!”, le escupía, y la pobre criatura apenas se sostenía, con las patas abiertas por el cansancio, como despidiéndose. Julián sintió un nudo en la garganta que no se quitaba ni tragando agua. Se acercó sin pensarlo, como si algo dentro de él lo jalara. “¿Por qué lo trata así, patrón? ¿Qué culpa tiene el animal?”, preguntó con voz que temblaba, consciente de que se metía donde no lo llamaban.

El hombre lo miró de arriba abajo, como quien inspecciona una piedra inútil. “Porque ya me cansó”, respondió frío. “No engorda, no crece, nomás da lástima. No me sirve. Mejor que se muera.” Dijo “lástima” como si fuera insulto.

Julián tragó saliva. Tenía ganas de callarse, seguir su camino y no buscar problemas… pero algo más fuerte le apretó el pecho. “Véndemelo”, soltó. Ni él sabía de dónde salió. Por un segundo le dio miedo su propia idea: ¿y con qué lo alimentaría? ¿y si moría? ¿y si Rosa se enojaba? Pero ya lo había dicho. El hombre soltó una risita seca. “¿Tú? ¿Y con qué me vas a pagar? Si se ve que no traes ni para un refresco”.

Julián metió la mano en el bolsillo y tocó sus últimas diez monedas de cobre, frías, contadas una y otra vez durante semanas. Eran para comprar más gallinas, para ir armando poco a poco algo propio. Las apretó como si apretara su futuro, respiró hondo y las extendió. “Es todo lo que tengo. Pero no la deje morir así”. El hombre hizo un gesto de fastidio, tomó el dinero como quien recoge basura y dijo: “Órale, llévatelo. A ver si tú sí puedes con esa cosa”.

El becerro salió del corral jalando los pasos, como si cada movimiento costara un mundo. Julián tomó la cuerda con cuidado, como si tocara vidrio. Mientras caminaban de regreso, el sol caía a plomo. Julián le hablaba bajito, como a un niño enfermo. “No te me vayas a rajar, ¿sí? Ahorita llegamos. Vas a ver que aquí sí te van a apapachar”. Le arrancaba pasto del borde del camino y se lo acercaba al hocico; el becerro olía, mordía un poquito y luego bajaba la cabeza, rendido. Julián sentía miedo por lo que acababa de hacer y una esperanza que le quemaba por dentro….

 

Cuando por fin llegó, Rosa estaba sentada sobre un petate, limpiando frijoles y quitando piedritas con paciencia infinita. Alzó la vista y se le endureció el gesto al ver al animal. “¿Y eso?”, preguntó. “¿De dónde sacaste ese becerro? ¿Y las gallinas que ibas a comprar?” Julián bajó la mirada como niño regañado, pero no por vergüenza: por cansancio. “Lo estaban golpeando, Rosa. Me dolió aquí”, se tocó el pecho. “No podía dejarlo. Le di las diez monedas… todas”.

Rosa permaneció callada un momento. En su cara se mezclaron coraje y preocupación. “Julián… no tenemos ni pasto. Mira cómo viene. Está más allá que acá”. Él asintió despacio. “Lo sé. Pero tenemos los tallos del maíz. Y yo puedo conseguir un poco de forraje ayudando a los vecinos. No me gusta que sufran así. Ni los animales, ni la gente”.

Rosa suspiró. Había aprendido a leerlo: cuando Julián traía esa mirada, no había marcha atrás. Se acercó al animal y le acarició el lomo huesudo con cuidado. “Está bien”, dijo al fin con voz suave. “Si tú crees que puedes salvarlo, yo te apoyo. Pero mañana mismo te vas al pueblo a buscar a alguien que sepa. No es solo darle cariño”.

“Eso haré”, respondió él, sintiendo cómo el corazón volvía a latir parejo. Rosa frunció el ceño. “¿Y con qué vas a pagar? No tenemos dinero, Julián”. Él miró hacia donde las gallinas picoteaban. Le dolió, pero dijo firme: “Vendo unas tres. No todas… solo las necesarias”.

Esa noche casi no durmieron. El becerro se quejaba bajito, y el niño preguntaba si iba a morir. Julián le dijo que no, que aquí nadie se rendía. Al amanecer, con el cielo gris todavía, Rosa amarró las gallinas en un costal viejo, acomodó la correa al hombro de Julián y le dio un trago de café de olla. “Cuídate”, le dijo, y esa frase sonó como “no te me quiebres”. Julián caminó dos horas hasta el pueblo, tocando puertas, ofreciendo aves en el tianguis. Al principio nadie quería comprarlas; algunos decían que estaban viejas, otros ni lo miraban. Pero él insistió, paciente, apostando la vida. Una por una, las vendió. Cuando tuvo unas monedas en la mano, sintió alivio… y un peso enorme: todo dependía de encontrar ayuda.

Preguntó por un veterinario, curandero o alguien que supiera de animales enfermos. Lo mandaron de un lado a otro hasta que un ganadero le dijo: “Mira, ve derecho por esa calle y busca una casa de madera vieja con la puerta gastada. Ahí vive don Tomás. Ese viejo ha levantado animales que ya estaban del otro lado”.

Julián llegó y tocó como si tocara el destino. Salió un anciano encorvado, ojos cansados pero firmes. “¿Qué se te ofrece, muchacho?” Julián tragó saliva. “Compré un becerro… está flaquísimo, con diarrea, casi no se levanta. Lo estaban golpeando. Quiero salvarlo”.

Don Tomás lo miró largo, evaluando si estaba frente a un loco o un hombre de palabra. Asintió despacio. “Pasa”. Adentro olía a hierbas secas, tierra húmeda y frascos viejos con líquidos oscuros, bolsas de raíces, semillas y hojas. Don Tomás se movía lento, pero seguro, como quien ha visto la vida enfermar y sanar mil veces.

“Hiciste bien”, dijo al escuchar la historia completa. “A veces un animal no está flaco por malo, sino por abandonado. Y a un animal golpeado… le quitas la fuerza y le apagas el espíritu. Pero si tú no lo sueltas, esa ternera te puede dar más de lo que imaginas”. Julián sintió que esas palabras le acomodaban algo por dentro, como si le ordenaran el alma.

El viejo mezcló un polvo blanco con un líquido oscuro y hojas trituradas con paciencia de reloj. Le entregó una botellita. “Esto se lo das temprano, antes de que tome agua. No le des de comer hasta una hora después. Tres días seguidos. Si haces bien las cosas, en una semana la verás distinta”. Julián se pasó la lengua por los labios, nervioso. “¿Y cuánto le debo, don?” “Quince monedas”. Julián apretó el dinero: justo lo que había reunido vendiendo gallinas. Se lo dio sin dudar. Don Tomás guardó las monedas y le dijo: “Si no mejora, vuelves. Pero si tienes manos y corazón, se levanta”.

Volvió a casa de noche, con los pies ardiendo pero la esperanza encendida. Rosa lo esperaba en la puerta con una olla de frijoles calientes y una taza de té. Se sentaron en silencio y, entre cucharadas, Julián contó todo. Rosa escuchó sin interrumpir, y al terminar, le apretó la mano. “Entonces mañana empezamos”, dijo, y en esa frase había cansancio pero también valentía.

Los tres días siguientes fueron como rezos. Julián se levantaba antes del amanecer, se lavaba la cara con agua fría, tomaba la botellita con respeto y se acercaba al corral. El becerro seguía débil, pero al verlo movía la cabeza, como reconociendo. “Ándale, chiquita”, le decía y le echaba las gotas despacio. Esperaba una hora y después le daba agua limpia y tallos de maíz. Rosa, al principio dudosa, se involucró: le cambió el lugar para que estuviera seco, buscó sombra con lona vieja y le hablaba, como si las palabras empujaran la sangre.

Al cuarto día, el becerro se levantó solo. Tembló, resopló y tambaleó… pero se puso de pie. Julián sintió los ojos llenos de agua. Rosa se llevó la mano a la boca para que el niño no la viera llorar. El chamaco, sin entender del todo, aplaudió como si acabaran de ganar una fiesta.

Con las semanas, el animal cambió. Donde antes había hueso y mirada apagada, ahora había fuerza. Julián buscaba pasto en terrenos vecinos, ayudaba a otros campesinos a cambio de forraje, cargaba costales y hacía mandados. En el pueblo, algunos se reían: “Ahí va el que tiró sus monedas en una ternera muerta”, decían. Julián no respondía; tenía la cabeza ocupada en sostener lo que levantaba.

Cuando la ternera ya parecía otra —pelaje más brillante, ojos vivos—, Julián alquiló un pedacito de tierra para sembrar su propio forraje. Más trabajo, más madrugar, más dolor de espalda, pero también un paso hacia lo suyo. Con el tiempo, aquella ternera se volvió vaca. Una tarde, sentado con Rosa en el patio, mientras el niño jugaba con una lata vieja y la vaca rumiaba, Julián dijo: “Ya es hora… quiero que tenga su primera cría”.

Rosa lo miró como quien presencia un milagro. “¿Te acuerdas cómo llegó?”, susurró. Julián sonrió. “Flaca, temblando… y mírala ahora”. Fue con don Evaristo, un vecino con toro. Don Evaristo rió ronco. “¿A poco sí levantaste a esa ternera?” “Sí, don. Entre mi mujer y yo. Con puro trabajo y ganas”. Don Evaristo lo miró un instante, viendo a un hombre que no se queja, no pide lástima, solo pide oportunidad. “Está bien”, dijo. “Te lo presto unos días. Me lo devuelves sano”.

La vaca quedó preñada. Los meses pasaron y el vientre crecía como promesa. Julián aprendía mirando y preguntando. Llegó la madrugada que quedó marcada para siempre. Hacía frío, aire olía a tierra mojada porque habían caído unas gotas. Rosa lo sacudió: “Levántate… está inquieta”. Corrieron al corral con lámpara de aceite. La vaca estaba echada, resoplando fuerte, como si el mundo le pesara en el pecho.

No había veterinarios cerca. No había doctor que llegara en camioneta. Solo ellos: Julián, Rosa y el niño, con ojos abiertos de miedo. Julián se arrodilló junto a la vaca y le habló: “Tranquila, mija. Aquí estoy. No estás sola”. El tiempo se estiró. Julián sintió el corazón casi salirse de la garganta porque la vaca pujaba y parecía que no podía. Rosa apretaba el rebozo, rezando sin palabras.

Entonces, tras esfuerzo largo, se escuchó un gemido suave. Un ternerito pequeño, mojado pero vivo, asomó al mundo. La vaca lo lamió desesperada. Julián se quedó quieto un segundo… luego lloró. No era tristeza; era alegría que te rompe por dentro, que llega cuando ya habías aprendido a aguantar. Rosa lo abrazó, pegando la frente a su pecho. “Lo lograste”, susurró. Julián apenas dijo: “Lo logramos”.

Ese ternerito fue el principio de todo. Julián vendió su primera cría a buen precio. Compró otra ternera, más gallinas, arregló el corral con troncos y alambre firme, levantó un techito de lámina para la lluvia. Con el tiempo, la gente dejó de reír y empezó a mirarlo distinto. Ya no era “el que gastó sus monedas en una ternera flaca”; ahora lo llamaban “el que levantó su granja con nada”.

Los días siguieron duros. La vida del campo no se vuelve fácil solo por tener esperanza. Hubo temporadas sin dinero, sequía, cansancio pesado. Pero cada noche, Julián miraba a los animales sanos, a su hijo dormido y a Rosa respirando tranquila, sintiendo que valía la pena. Un año después tenía varias vacas, terneros, gallinas y un corral ordenado. Lo más importante: ya no dependía de tierras prestadas; tenía lo suyo, humilde pero suyo.

Una tarde, mientras el sol se escondía detrás de los cerros pintando de naranja el polvo del camino, Julián miró a la vaca que un día llegó temblando. Rosa se recargó en su hombro. Julián habló bajito, como para no espantar el recuerdo: “Si no hubiera comprado esa ternera… no estaríamos aquí”. Rosa sonrió con ternura: “A veces Dios —o la vida— prueba con lo que otros desprecian”.

Julián no respondió. Solo miró el horizonte, donde la sierra parecía línea de promesas. Y entendió algo que habría querido aprender antes: algunas oportunidades no vienen bonitas ni fáciles, a veces llegan flacas, golpeadas, casi sin fuerzas… y solo piden un corazón terco que no las deje morir. Porque al final, lo que salva una vida —sea de un animal o de una persona— no es el dinero, sino la decisión de no rendirse cuando todos ya dieron por perdido.


© 2026 confesioneslatinas.net
El contenido de este sitio web está protegido por derechos de autor. Por favor, cite la fuente al copiar.

Để lại một bình luận

Email của bạn sẽ không được hiển thị công khai. Các trường bắt buộc được đánh dấu *

Lên đầu trang