Estaba a punto de parir. Alguien la había dejado ahí amarrada en medio de una brecha seca y solitaria. No podía entender cómo un ser humano era capaz de hacerle eso a un animalito tan indefenso, ser humano un monstruo. Pero cuando me acerqué para soltarla, una víbora grande apareció muy cerca de ella. No sabía si era venenosa o no. Y no voy a mentir. Le tengo un miedo pavoroso a las culebras. Es un trauma que cargo desde chamaco.
Me quedé sin saber qué hacer. Fue entonces que Dios me dio una señal y de lo que hice en ese momento nunca me voy a arrepentir. Hay días en que el camino parece más largo de lo normal. manejaba despacio por el camino de terracería, que cruzaba mi rancho allá en los altos de Jalisco, cerca de Tepatitlán, donde el matorral se extiende hasta donde alcanza la vista y el sol te pesa en la espalda desde tempranito.
El calor de aquella tarde de septiembre era de esos que se te pegan a la piel, que hace que el polvo colorado se te pegue al sudor y te deja la garganta seca, aunque te acabes un garrafón de agua. La troca traqueteaba en los baches, levantando nubes de polvareda que se quedaban suspendidas en el aire quieto, sin ni un soplo de viento que se las llevara. Venía de una reunión en la unión ganadera, de esas obligatorias a las que todo productor tiene que ir, pero a las que nadie le pone atención de verdad.
Hablaron de créditos, de la safra, del precio del ganado en pie. Yo fingí que escuchaba. Asentí en los momentos justos, estreché un par de manos y me largué. Siempre me largo. No tengo paciencia para andar oyendo pláticas que no llevan a ningún lado. Después de que mi Lupita murió hace casi 4 años, parece que perdí el modo de estar entre la gente. Prefiero el silencio del rancho, por más que ese silencio duela. La propiedad no era muy grande, pero daba para el gasto.
Cría de ganado de engorda, algunas vacas lecheras y una huertita que mantenía más por terquedad que por necesidad. Trabajaba solo la mayor parte del tiempo con la ayuda de vez en cuando de Toño, un muchacho del pueblo que venía dos veces por semana para echarme la mano con el pesebre. Pero al final del día, cuando el sol caía y la noche llegaba, solo quedábamos yo, la casa vacía y el ruido de los grillos. Sabe ese silencio que no es paz.
Es ese el que yo conocía bien, el tipo de silencio que te recuerda todo lo que perdiste. La risa de Lupita en la cocina, el olor al café de olla a las 5 de la mañana, su mano puesta en mi hombro cuando yo llegaba cansado. Todo eso se volvió un hueco. Y un hueco no se llena con trabajo, por más que yo lo intentara. Ese día estaba cansado, no era el cansancio del cuerpo, que ese lo conocía bien y sabía aguantarlo.
Era el cansancio del alma ese que te pesa en los huesos y te hace preguntarte para qué despertar al día siguiente. Tenía 56 años, pero me sentía de 80. El rancho funcionaba, los animales comían, la cerca estaba en pie, pero yo solo existía. Respiraba por puro hábito. El camino hacía una curva suave antes de entrar al tramo que llevaba directo a la casa principal. Era ahí, en ese pedazo medio olvidado, donde la cerca siempre necesitaba repararse porque el ganado del vecino se empeñaba en tumbarla.
Ya me había agarrado a pleitos con él unas tres veces por eso, pero el hombre era un terco o un flojo, tal vez las dos cosas. Fue cuando iba llegando a esa curva que algo me hizo quitar el pie del acelerador. No fue un ruido, no fue un movimiento brusco, fue algo más sutil, un instinto que uno desarrolla cuando pasa demasiado tiempo solo en el monte. Una sensación de que algo estaba mal. fuera de lugar. Como cuando entras a un cuarto y te das cuenta de que alguien movió tus cosas, aunque no sepas exactamente qué.
Reduje la velocidad sin pensarlo mucho. La troca rodaba despacito ahora, levantando menos polvo. El sol estaba bajo, casi tocando la línea del horizonte, pintando todo de un naranja quemado. Las sombras se ponían largas, distorsionadas. Era esa hora del día en que la luz engaña, te hace ver cosas que no existen o no ver lo que tienes frente a tus narices. Entonces la vi del lado izquierdo camino, unos 20 met adelante, había algo que no debería estar ahí.
Una mancha clara contra la tierra colorada, algo vivo, algo que se movía, pero poquito, muy poquito. Casi me sigo de largo, casi, porque ya lo había hecho antes, hace años, y esa decisión todavía me perseguía. Fue en una tarde parecida a esta, también volviendo a casa cuando vi un becerro caído a la orilla de la carretera. Estaba herido. Probablemente lo habían atropellado. Pensé, “Alguien se va a parar. Alguien lo va a ayudar. No tengo que ser yo.” Seguí mi camino.
Al día siguiente pasé por el mismo lugar y vi el cuerpo del animal ya hinchado por el sol cubierto de zopilotes. Nadie se había parado, nadie lo había ayudado. Esa culpa se me quedó pegada como una garrapata. Por semanas soñé con ese becerro. Me despertaba de noche con el estómago revuelto, imaginando su sufrimiento, solo esperando una ayuda que nunca llegó. Lupita trataba de consolarme. Decía que yo no podía cargar con los problemas de todo el mundo, pero yo sabía la verdad.
Yo pude haberme parado y no lo hice. No iba a hacerlo de nuevo. Detuve la troca y apagué el motor. El silencio regresó. Pero ahora tenía compañía, el canto agudo de las chicharras empezando, el crujir distante de las hojas secas y algo más. Un sonido bajo, casi imperceptible, un gemido sofocado. Bajé despacio, cerrando la puerta sin azotarla para no hacer mucho ruido. El suelo estaba caliente bajo las botas, la tierra rajada por la sequía. Caminé hacia aquella mancha clara y a cada paso la imagen se hacía más nítida.
Era una perra. Estaba echada de lado, amarrada a una estaca oxidada clavada con fuerza en la tierra dura. El mecate que la sujetaba era corto, no medía ni 2 metros y el nudo en el pescuezo estaba apretadísimo, hecho con manos que sabían lo que hacían. No fue un descuido, no fue un abandono por desesperación o falta de opción. Aquello lo habían hecho con toda la mala intención. La perra era de tamaño mediano, de pelo claro con manchas cafés, seguramente una criolla con sangre de perro cazador.
El pelo estaba sucio, lleno de tierra y se le podían ver las costillas marcadas bajo la piel. Pero no fue la flacura lo que me apretó el pecho, fue la panza. Estaba cargada y por la forma en que la barriga se movía en ondas irregulares, en contracciones que se veían hasta de lejos, lo supe. Estaba a punto de parir. Di unos pasos más despacio y fue cuando vi el resto de la escena. A unos 5 metros frente a la perra, estirada en el suelo con la cabeza ligeramente levantada, estaba una víbora.
No era chica. Debía medir unos 2 metros, tal vez más. El cuerpo grueso y oscuro, la piel con patrones que se confundían con la tierra y la sombra. No era una cascabel, pero reconocí la facha. Era una naullaca, de esas que uno no quiere toparse ni de chiste. Venenosa, mortal, si no se atiende rápido. La víbora estaba demasiado quieta para estar descansando. No estaba cazando, estaba esperando y esperaba a la perra. Sentí que se me revolvía el estómago, no por asco a la víbora.
Yo había aprendido a respetar a esos bichos. eran parte del monte, del equilibrio de la naturaleza, sino por la crueldad de la situación. Alguien había dejado a esa perra ahí amarrada, preñada, como carnada o como una ejecución lenta. La perra notó mi presencia y levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los míos y me quedé congelado. No eran ojos de desesperación, no eran ojos que suplicaran, eran profundos, cansados, conscientes. Ella sabía que se iba a morir, pero aún así, incluso sin fuerzas, encorbaba el cuerpo para proteger su panza.
Entre una contracción y otra, se encogía. Trataba de hacerse chiquita, intentaba cubrir a los cachorros que todavía estaban dentro de ella. No luchaba por sí misma, luchaba por ellos. Y en ese momento, bajo el sol anaranjado que bajaba rápido, tomé una decisión. Me iba a detener. Esta vez me iba a detener. El corazón me latía fuerte en el pecho, pero no podía dejar que el miedo me ganara. Me quedé parado ahí unos segundos evaluando la situación. La víbora seguía inmóvil, pero yo sabía que estaba atenta a cada uno de mis movimientos.
Esos bichos tienen un modo de notar todo. La vibración en el suelo, el calor del cuerpo, hasta el olor del sudor. Ella sabía que yo estaba ahí y yo sabía que no iba a soltar su presa tan fácil. La perra gimió de nuevo más bajo esta vez y su cuerpo se contrajo. No era un gemido de dolor cualquiera, era ese sonido que viene de adentro profundo cuando el cuerpo se está preparando para algo grande. Yo conocía ese sonido.
Había escuchado vacas pariendo, en labor de parto. Era el sonido de la vida tratando de abrirse paso, incluso cuando todo alrededor conspiraba en contra. Miré a mi alrededor buscando algo que pudiera usar. La troca estaba a unos 15 m de distancia. Adentro tenía un machete debajo del asiento, una soga, una lona vieja. Pero si regresaba por ellos, podía ser demasiado tarde. La víbora podía atacar en cualquier momento, sobre todo si la perra empezaba a parir y el olor de la sangre se esparcía.
Las víboras sienten esas cosas. Saben cuando la presa está más débil, más vulnerable. En el suelo, a unos 3 met de mí, había una rama gruesa. Debía haberse caído de unche que estaba cerca. Ya estaba seca y tenía buen peso. No era lo ideal, pero tendría que servir. Me moví despacio, sin quitarle los ojos de encima a la víbora. Cada paso era calculado, asentando el pie con cuidado para no hacer mucho ruido. El sudor me escurría por la frente, metiéndoseme en los ojos y ardiéndome, pero no podía distraerme.
La perra me seguía con la mirada, con la cabeza aún levantada e intenté transmitirle algo de confianza con los ojos. Aguanta, chula, solo un poco más. Agarré la rama con la mano derecha. Estaba pesada, maciza. Buena señal. La apreté firme, sintiendo el peso en la palma, y di un paso más hacia la perra. La víbora ajustó la posición de la cabeza siguiendo mi movimiento. Su cuerpo se quedó estirado, pero noté una tensión nueva. Se estaba preparando. “Lárgate de aquí”, grité golpeando la rama contra el suelo con fuerza.
El sonido retumbó seco en la tarde calurosa. Una parbada de pájaros levantó el vuelo de un árbol cercano asustada. El polvo se levantó alrededor de la rama. La víbora retrocedió deslizándose rápido por el suelo, pero no huyó. Se alejó unos 5 metros y se detuvo de nuevo enroscando parte de su cuerpo con la cabeza apuntando hacia nosotros. No se había rendido, solo estaba esperando una mejor oportunidad. Aproveché el momento y me acerqué a la perra. De cerca, la situación estaba peor de lo que imaginaba.
El pelo alrededor del pescuezo estaba gastado con marcas viejas de otros mecates, de otras amarras. No era la primera vez que la amarraban así. El nudo estaba tan apretado que la piel alrededor se veía roja, inflamada. quien hizo eso sabía exactamente lo que hacía. Sabía que ella no iba a poder soltarse sola. Y yo sabía quién había sido el vecino, ese tal Gerardo. Ya habíamos tenido problemas antes. Era de ese tipo de hombres a los que no les gustan los animales sueltos, que se quejaba de cualquier perro que pasara cerca de su rancho.
Decía que los perros asustaban al ganado, que mataban gallinas, que solo eran gasto y problemas. ya lo había oído decir en una plática en el pueblo que perro que no sirve tiene que desaparecer de un modo u otro. En ese entonces pensé que eran puras habladas de hombre bruto, de esos que hablan de más para sentirse valientes. Ahora veía que no eran puras palabras. Había dejado a la perra ahí para morir de hambre, de sed o por la víbora.
Daba igual. El resultado sería el mismo. Sentí que la rabia me subía por la garganta caliente y amarga. Pensé en ir a su casa, ajustar las cuentas como los hombres las ajustan en el campo, con las manos o con palabras de las que no se vuelve atrás. Pero eso podía esperar. En ese momento había algo más importante que hacer. Me arrodillé al lado de la perra, poniendo la rama en el suelo al alcance de la mano. Ella me miró con esos ojos profundos y cansados, pero no intentó morderme ni me gruñó.
Solo me observaba como si intentara entender si yo era una amenaza más o si era diferente a los otros humanos que había conocido. “Tranquila, chula”, le dije bajito, con la voz más suave que pude. “Te voy a sacar de aquí, pero tienes que estarte quietecita. Está bien, no te voy a lastimar.” Extendí la mano despacio hacia su pescuezo. Ella se puso rígida. Todo su cuerpo se tensó, pero no se movió. Toqué el mecate. Estaba húmedo, de sudor y sangre seca.
El nudo era de esos que se aprietan más mientras más jalas, hecho para no aflojarse nunca. No había forma de deshacerlo con las manos. Necesitaba cortarlo. Miré otra vez hacia la troca. El machete estaba allá, pero significaba dejar a la perra sola por uno o dos minutos. La víbora seguía cerca. lo sentía, no podía verla bien porque la luz estaba cambiando rápido. El sol ocultado tras el horizonte y esa penumbra engañosa del final del día empezaba a adueñarse de todo.
Las sombras se volvían más oscuras y en el monte la sombra esconde muchas cosas. Tomé la decisión. Ahorita vuelvo”, le dije a la perra como si pudiera entenderme. Tal vez podía. Los perros entienden más de lo que uno cree. Entienden el tono, la intención. Y en ese momento yo quería que ella entendiera que no la estaba abandonando. Me levanté rápido y corrícia la troca. Mis pasos golpeaban fuerte el suelo duro, levantando nubecitas de polvo. Abrí la puerta del copiloto, me agaché y busqué el machete debajo del asiento.
Mi mano encontró el mango de madera gastado por el uso. Lo saqué. Fue entonces cuando lo oí. Un sonido agudo, desesperado, un chillido que cortó la tarde como un cuchillo. Se me heló la sangre. Giré el cuerpo y miré hacia donde estaba la perra. La víbora había avanzado. Estaba a menos de 2 metros de ella ahora con el cuerpo estirado y la cabeza levantada en un ángulo que yo conocía bien. Era la posición de ataque. Un segundo más y le iba a soltar la mordida.
No lo pensé. Solo corrí con el machete en la mano derecha. La rama que había dejado allá se quedó atrás. Mis pies martilleaban el suelo. El corazón me estallaba en el pecho. Los pulmones me ardían. La distancia parecía enorme, como si el mundo se hubiera estirado entre esa perra y yo. “Quítate, lárgate de ahí”, grité con todas mis fuerzas. La víbora dudó. Por una fracción de segundo, su cabeza giró hacia mí. Fue suficiente. Llegué cerca y descargué el machete contra el suelo con fuerza, justo frente a la víbora.
La hoja se enterró en la tierra seca, levantando polvo y haciendo un ruido seco que retumbó en la tarde. La víbora se enroscó rápido, recogiendo su cuerpo, y se deslizó hacia atrás, esta vez más lejos. Se metió entre el matorral bajo, entre la maleza, y desapareció en las sombras. Pero yo sabía que no se había ido. Estaba ahí esperando. Las víboras son pacientes. Pueden esperar horas, días si hace falta. Me volví hacia la perra. Estaba jadeando con la lengua de fuera y los ojos muy abiertos.
Su cuerpo temblaba. Otra contracción vino más fuerte esta vez y gimió bajo arqueando el lomo. La barriga se le contrajo en una onda que se podía ver y vi a uno de los cachorros moverse ahí dentro. Ya no quedaba tiempo. Me arrodillé de nuevo, pasé el brazo por debajo de su cuello y sostuve la cuerda con la mano izquierda, manteniéndola tensa para que no se apretara más. Con la derecha apoyé la hoja del machete en la soga muy cerca del nudo.
La perra se quedó inmóvil como si supiera que cualquier movimiento podía ser peligroso. “Qa”, murmuré. Solo un poquito más. Empecé a hacer la cuerda. Las fibras eran gruesas, resistentes. El machete estaba bien afilado, pero aún así me tomó tiempo. Cada movimiento tenía que ser cuidadoso para no lastimarle la piel, que ya estaba viva y sensible. El sudor me corría por la cara goteando en la tierra. Mis músculos protestaban por la posición tan incómoda, pero no me detuve.
La cuerda empezó a ceder. fibra por fibra se iba deshaciendo. La perra respiraba rápido, jadeante, pero seguía quietecita. Confiaba. De alguna manera, en ese momento, ella había decidido confiar en mí. La última fibra se rompió. La soga cayó al suelo con un sonido seco. De inmediato, la perra intentó levantarse, pero las patas traseras le fallaron. Tambaleó. Casi se cae de nuevo. Las contracciones eran más fuertes, ahora, más seguidas. El parto estaba empezando de verdad y necesitaba un lugar seguro.
Me quité la camisa que traía puesta, una de tela delgada, ya vieja, pero todavía aguantaba. Envolví a la perra con cuidado, pasándole los brazos por debajo del cuerpo y levantándola. Pesaba más de lo que parecía, especialmente con la panza tan hinchada. Pero yo todavía tenía fuerza en los brazos. Años de darle duro al trabajo de campo habían dejado mi cuerpo listo para esto. No puso resistencia, solo recargó la cabeza en mi pecho agotada, respirando con dificultad. Empecé a caminar de regreso a la camioneta, pero despacio, cuidando de no sacudirla mucho.
Cada paso era medido. La perra gemía bajito con cada contracción y yo sentía como su cuerpo se ponía rígido en mis brazos. “Aguanta, mi hija”, le dije, “Más para mí que para ella. Ya mero llegamos.” El cielo se estaba oscureciendo rápido. Las primeras estrellas empezaban a asomarse. Puntitos de luz. en un azul que se volvía cada vez más negro. La temperatura caía de golpe, como siempre pasa en el campo cuando se mete el sol. En pocas horas iba a calar el frío de verdad.
Llegué a la camioneta y con cuidado acomodé a la perra en el asiento de atrás. Se enroscó de inmediato tratando de hacerse bolita para protegerse la panza. Agarré la lona vieja que traía en la caja y se la puse abajo para que no estuviera tan duro. No era mucho, pero era mejor que el frío del asiento. Cerré la puerta, corrí al frente y me subí. Encendí el motor, las manos me temblaban un poco en el volante y me di cuenta de que tenía miedo, no por la víbora, no por la situación, sino por lo que podía pasar si no lograba ayudarla a tiempo.
El camino hasta el casco del rancho era corto, unos 3 km, pero se me hizo eterno. Manejaba lo más rápido que podía, sin sacudirla tanto. Pero cada bache, cada piedra en la brecha hacía que la camioneta brincara y la perra gimiera. Miraba por el retrovisor cada pocos segundos, viéndola ahí echada, jadeando, con el cuerpo contrayéndose en ondas cada vez más seguidas. “Aguanta”, repetía yo, “solo un poco más. Ya casi llegamos.” La portería de la entrada estaba abierta.
Siempre la dejaba así cuando salía deprisa. Pasé de largo, levantando una polvareda de tierra roja que brillaba con la luz de los faros. La casa quedaba a la derecha, pero viré a la izquierda, hacia la bodega. Era el mejor lugar. Había luz eléctrica, espacio, y estaba lejos del movimiento de la casa. Ahí iba a estar más tranquila. Estacioné justo enfrente de la bodega y apagué el motor. El silencio regresó, pero ahora venía acompañado de los gemidos de la perra, mezclados con el canto nocturno de los grillos y las ranas.
Era un coro extraño donde la vida y el sufrimiento se daban la mano. Abrí la puerta de atrás y la cargué otra vez. Se sentía más pesada ahora. O tal vez yo ya estaba más cansado. No importaba. Entré a la bodega, prendí la luz, un solo foco que colgaba del techo e iluminaba todo con un tono amarillento, y busqué un sitio adecuado. En una esquina había un montón de paja vieja que guardaba para emergencias. No era la más nueva, pero estaba seca y limpia.
Le armé una especie de nido, amontonándola para crear un espacio acolchado y protegido. Acosté a la perra ahí con cuidado. Se acomodó de inmediato, dando un par de vueltas hasta hallar su lugar. Las contracciones eran constantes, ya no había descanso, era una tras otra. El parto había estallado. Corrí a la casa, agarré toallas viejas, una cubeta con agua tibia, jabón de pan y alcohol. Mi mente trabajaba en piloto automático, recordando todos los partos en los que había ayudado a lo largo de los años.
Vacas, yeguas, hasta una cabra. Una vez una perra era distinto, lo sabía, pero los principios eran los mismos: limpieza, calor, paciencia y una oración. Aunque no soy muy de iglesia, me puse a rezar. Volví a la bodega con todo en los brazos. La perra estaba de lado jadeando fuerte. y vi que empezaba a asomar una membrana. El primer cachorro ya venía. Me arrodillé a su lado, puse las toallas cerca, me mojé las manos en el agua tibia.
Mi corazón latía a 1000 por hora, pero las manos estaban firmes. Tenía que estar firme por ella, por los perritos. Vamos, chula. Le hablé bajito. Tú puedes. Aquí estoy. No te voy a dejar sola. Y ahí, bajo la luz débil de ese foco amarillento, en el silencio roto, solo por sus gemidos y mi respiración pesada, empezó una de las noches más largas de mi vida. Una noche donde iba a aprender que salvar una vida también significa salvar la propia.
El primer cachorro nació a las 7:40 de la noche. Lo sé porque miré el reloj viejo colgado en la pared de la bodega, ese que Lucía había comprado en un tianguis hace años y que nunca tuve el corazón de quitar. Las manecillas marcaban exactamente esa hora cuando vi que la fuente se rompía y el primer cuerpito oscuro y mojado se deslizaba hacia afuera. La perra giró la cabeza de inmediato, aún estando exhausta, y empezó a lamer al cachorro con una urgencia que me apretó el pecho.
Sabía qué hacer. El instinto era más fuerte que el cansancio, más fuerte que el dolor, más fuerte que todo. Le lamió la membrana que le cubría el hocico, le limpió las narices, empujó al perrito con la nariz hasta dejarlo cerca de sus tetas. Y entonces se escuchó. Un llanto pequeñito, agudo, frágil, el primer grito de vida. Sentí que algo se movía dentro de mi pecho, algo que no sentía desde hace mucho. No era alivio, no era solo alegría, era algo más grande, más profundo, era esperanza.
Esa cosita minúscula, ciega, mojada e indefensa, acababa de entrar al mundo contra todo pronóstico. Había sobrevivido a una madre amarrada, a una víbora, al acecho, al abandono y a la crueldad de la gente. Si ese cachorro podía nacer ahí en esas condiciones, y todavía llorar pidiendo vida, entonces tal vez había esperanza para lo que fuera. Agarré una de las toallas y con cuidado de no estorbarle a la madre, ayudé a secar al perrito. Era demasiado pequeño. Cabía en la palma de mi mano.
La piel era oscura, casi negra, y ya se veía que había sacado el color de la madre. Mientras lo secaba, la perra seguía lamiendo y poco a poco el cachorro empezó a moverse más, buscando por instinto el camino hacia la leche. Uno. Dije en voz baja, para nadie, tal vez solo para mí. Vamos, ¿cuántos más vienen? La respuesta llegó rápido. Otra contracción más fuerte hizo que el cuerpo de la perra se arqueara. gimió un sonido que venía desde las entrañas y vi aparecer la segunda membrana.
Este tardó más. La perra pujaba, descansaba, pujaba de nuevo. Los minutos se estiraban. 5 10 15. El cachorro no salía. Ella empezó a jadear más rápido con la lengua de fuera, los ojos vidriosos. Se estaba debilitando. Sentí que el miedo me apretaba la garganta. Calma, mi hija, calma”, le dije pasándole la mano mojada por el lomo, tratando de tranquilizarla, pero no se calmaba, solo se ponía más inquieta, más desesperada. Yo ya había visto esto antes en las vacas, sobre todo cuando la cría se queda atorada, cuando no puede salir sola, cuando se tarda demasiado.
Y cuando se tarda demasiado, tanto la madre como la cría se pueden morir. No podía dejar que eso pasara. Me mojé las manos otra vez, tallándome bien con el jabón para mantener todo lo más limpio posible y me puse detrás de ella. Me miró con esos ojos cansados, como si me estuviera pidiendo ayuda, como si supiera que me necesitaba. Te voy a ayudar. Te va a doler un poquito, pero tengo que ayudarte. Está bien. Esperé a la siguiente contracción.
Cuando llegó y el cuerpo de la perra se volvió a arquear, metí los dedos con cuidado, sintiendo la membrana, tratando de encontrar al perrito allá adentro. Ahí estaba, lo sentía, pero venía mal. La cabeza no estaba en su lugar. Trabajé despacio, con todo el cuidado del mundo. Con cada contracción de ella, yo intentaba acomodarlo, empujar poquito, ayudar al cachorro a encontrar la salida. El sudor me escurría por la cara, cayendo al suelo de tierra apisonada de la bodega.
Me dolían los dedos, los músculos del brazo se quejaban por la posición tan rara, pero no solté. La perra lloriqueaba bajito, pero no intentó morderme ni escapar. Ella entendía. De algún modo sabía que yo estaba tratando de salvar a su hijo. Entonces, después de lo que pareció una eternidad, pero que seguro fueron unos 5 minutos, sentí que el cachorro se movió. se había acomodado. La cabeza ya estaba en posición. Eso, ahora sí, puja. Vamos. La siguiente contracción vino fuerte y esta vez el cachorro se deslizó hacia afuera de un golpe.
Cayó en mi mano aguado, cubierto por la membrana, sin moverse. Mi corazón se detuvo. Rasgué la membrana rápido, le limpié el hocico, las narices, nada. El perrito no se movía, no lloraba, estaba demasiado flojito, demasiado frío. No, no, no. Agarré una toalla y empecé a tallar el cuerpito con más fuerza, tratando de estimularlo, de calentarlo. La perra levantó la cabeza mirando y soltó un quejido bajo, triste, como si ya supiera, pero yo no me iba a rendir.
Puse al cachorro en la palma de mi mano, lo volteé boca abajo y, acordándome de algo que vi hacer a alguien hace muchísimos años, le soplé suavecito en la nariz. Una vez, dos veces, tres, nada. Seguí tallando, calentando, soplando. Los segundos pasaban como si fueran horas. Tenía la garganta cerrada, los ojos me ardían. No era justo. No después de todo, no después de la víbora, de la carrera, de lograr traerla hasta aquí. Vamos, susurré. Vamos, chiquito, respira.
Solo respira. Le soplé de nuevo, un poco más fuerte esta vez, y entonces, como un milagro, el cuerpito tembló. Fue algo mínimo, casi imperceptible, pero lo sentí. Un temblor, luego otro, y entonces la boquita se abrió y salió un llanto débil, casi un susurro, pero era un llanto, vida. Mis manos temblaron tanto que por poco se me cae el perrito. Lágrimas calientes me bajaron por la cara sin pedir permiso, ni intenté aguantarlas. No me daban vergüenza. En ese momento, en esa bodega vieja en medio de la nada, yo lloraba de alivio, de gratitud, de algo que ni sabía bien que era.
Le llevé el cachorro a la madre. Ella lo agarró de inmediato, lamiéndolo con una urgencia todavía mayor, como si quisiera asegurarse de que era real, de que estaba vivo. El perrito empezó a moverse más, buscando el calor, la comida, la seguridad. “Dos”, dije limpiándome la cara con el dorso de la mano. “Dos vivos. Vamos a seguir.” Pero mi alivio duró poco. La perra empezó a temblar. No era temblor de esfuerzo, era distinto. El cuerpo entero le sacudía, las patas se le estiraban rígidas, la cabeza se le iba de lado, los ojos se le pusieron en blanco, una convulsión.
No, no, ahora, por favor. Le sostuve la cabeza con cuidado tratando de evitar que se lastimara golpeándose contra el suelo. La convulsión duró tal vez unos 20 segundos, pero pareció una vida entera. Cuando pasó, se quedó flácida, con la respiración débil y dispareja, los ojos a medio cerrar. Estaba entrando en choque. Su cuerpo ya no podía más. La deshidratación, el cansancio, el trauma, el parto difícil. Era demasiado para un animal que quién sabe cuántos días llevaba amarrado, sin tomar agua bien, sin comer bajo el sol que quema.
Miré a mi alrededor desesperado, buscando algo que ayudara. Necesitaba un veterinario, pero el más cercano estaba en el pueblo, a casi 40 km. Aunque saliera ahorita manejando como loco, me tomaría al menos media hora llegar y otra media para volver. Ella no tenía una hora. Pensé rápido. Agua, necesitaba agua. meterle líquido al cuerpo. Agarré la cubeta, agarré una jarra vieja que estaba por ahí y la llené con agua limpia. Volví con ella, le levanté la cabeza con cuidado e intenté que bebiera.
Al principio no reaccionó. El agua se le escurría por las comisuras cayendo al suelo. Pero insistí mojándole los labios, dejando que goteara un poco dentro de su boca. Poco a poco el instinto de supervivencia fue más fuerte y empezó a lamer el agua, lamiendo apenas, sin fuerza, pero estaba bebiendo. Eso, así mero, bebe otro poquito. Despacio su respiración se fue normalizando. Seguía débil, seguía en las últimas, pero al menos ya no estaba empeorando. Era lo que tenía por ahora.
Y todavía faltaban perritos por nacer. La tercera contracción llegó 20 minutos después. Yo ya estaba agotado, pero no podía parar. La perra también estaba al límite, pero su cuerpo seguía trabajando, seguía intentando traer esas vidas al mundo. Este cachorro nació más rápido, se deslizó cubierto por la membrana y esta vez ya se estaba moviendo antes de que yo empezara a limpiarlo. La madre lo lamió, yo lo sequé. Y en unos segundos se oyó el llanto sano de un perrito fuerte.
Tres, conté, sintiendo que la esperanza volvía un poco. El cuarto llegó luego luego, casi pegado al tercero, también sano, también chillando fuerte. La camada estaba creciendo y cada llanto era como música para mis oídos cansados. Cuatro. Esperé. Pasaron los minutos. La perra respiraba pesado, pero no venían más contracciones. Le puse la mano en la panza con cuidado, sintiendo, todavía había bulto, todavía se sentía movimiento allá adentro. Hay más, mija, solo un poco más, tú puedes. La contracción tardó casi media hora en llegar.
Cuando vino era débil. Su cuerpo se estaba rindiendo. Las fuerzas se le acababan. Vi asomar la membrana. Pero el cachorro no salía. La perra pujaba, pero sin ganas, sin energía. Tuve que ayudar otra vez. Metí los dedos, encontré al perrito, ayudé a jalarlo con cuidado durante la contracción. Salió despacio y cuando cayó en mi mano se me apretó el corazón. Era más chico que los otros, mucho más chico. Y estaba frío. Repetí todo. Fuera membrana, limpieza, fricción, soplo.
Pero esta vez no hubo temblor, no hubo llanto. El cuerpito se quedó lacio, frío, quieto. Intenté por más tiempo, 5 minutos, 10, 15, tallando, calentando, soplando, rezando, pero no sirvió de nada. Algunos no lo logran, algunos llegan muy tarde, muy débiles, muy pequeños. Es la ley del campo, cruel y que no perdona. Envolví el cuerpecito en una toalla y lo puse a un lado, lejos de la madre, lejos de sus hermanos vivos. Ella no tenía por qué verlo.
Ya había sufrido bastante. Regresé a su lado y revisé su vientre otra vez. Ya estaba vacío. Todo había terminado. Cinco cachorros, cuatro vivos. Acomodé el espacio, cambié la paja sucia por zacate limpio y puse a los cuatro perritos cerca de las tetas de la madre. Ya estaban mamando con sus bocas diminutas, bien pegadas, buscando el calostro que los mantendría con vida los próximos días. La perra levantó la cabeza por primera vez en casi dos horas y miró a sus crías.
Después me miró a mí y en esa mirada había algo que nunca voy a olvidar. No era solo gratitud, era reconocimiento, era conexión, era un entendimiento profundo entre dos seres que habían pasado juntos por algo extremo. Ella sabía que yo la había salvado y yo sabía que ella también me había salvado de alguna forma que aún no entendía completamente. Me senté en el suelo a su lado, apoyando la espalda en la pared de madera vieja del cobertizo.
Me dolían los músculos, me temblaban las manos de puro cansancio y mi ropa estaba manchada de sangre, líquido amniótico y tierra, pero no me importaba. Me quedé ahí mirando a esa familia improbable, una madre que había sobrevivido a lo peor de la crueldad humana y cuatro cachorritos minúsculos que mamaban sin saber el milagro que era estar vivos. Afuera la noche ya estaba cerrada. El canto de los grillos se escuchaba más fuerte, mezclado con el croar de las ranas en un jagüy lejano.
Un búo ululó en algún lugar cercano. El viento soplaba suave, trayendo el olor a tierra seca y a monte. Cerré los ojos por un momento, solo un momento, y fue cuando me di cuenta de que estaba llorando otra vez. Pero ahora no era solo de alivio, era por todo junto, por el cansancio, por el miedo pasado, por la alegría, por la tristeza del cachorro que no sobrevivió, por el coraje de lo que le habían hecho a esa pobre perra, por la gratitud de haberme detenido en la carretera y por el dolor de los recuerdos que esa noche me había traído.
Me acordé de Lucía, de cómo ella siempre quiso tener perros, pero yo siempre decía que daban mucho trabajo, que en el rancho ya había suficiente que hacer. Ella insistía. Decía que un perro no era trabajo, sino compañía, que la casa se sentía menos vacía con el ruido de las patas en el piso y la cola moviéndose cuando uno llegaba. Nunca la dejé. Siempre tuve una excusa y ahora ella ya no estaba aquí para ver esto, para ver que tenía razón, que la compañía no es trabajo, que una casa vacía duele más que cualquier cansancio físico.
“Perdóname, Lucía”, susurré al vacío del cobertizo. “Tenías razón, como siempre. Abrí los ojos y miré de nuevo a la perra y a los cachorros. Ella ya había cerrado los ojos, agotada, pero seguía alerta, despierta. Sus orejas se movían con cada sonido nuevo. No se iba a dormir profundamente todavía. Se quedaría de guardia, protegiendo a sus crías, aunque ya no tuviera fuerzas. Era una guerrera. Había luchado por su vida cuando lo más fácil habría sido rendirse. Había protegido su panza hasta el último momento, incluso amarrada, incluso con la víbora acechando.
Había aguantado un parto difícil sin anestesia. sin ayuda veterinaria, solo con un viejo ranchero que apenas sabía lo que estaba haciendo y había sobrevivido. Me levanté despacio, sintiendo cómo me tronaban las rodillas. Necesitaba comer algo, bañarme, descansar, pero no quería dejarlos solos todavía, no la primera noche. Fui a la casa, me preparé una torta rápida, agarré café en el termo, una silla vieja y una cobija. Regresé al cobertizo, puse la silla cerca del nido de paja y me senté.
Iba a pasar la noche ahí haciendo guardia, como ella lo hacía por sus cachorros. Era lo mínimo que podía hacer. Las horas pasaron lento. Yo dormitaba y me despertaba con cada ruidito. Me levantaba a revisar que todo estuviera bien. Si los cachorros estaban mamando, si la madre respiraba bien. Le ofrecía agua de vez en cuando. Ella bebía un poco, descansaba y despertaba otra vez. Como a las 4 de la mañana, cuando el cielo empezaba a aclararse un poco en el horizonte, noté que algo había cambiado.
La perra se había relajado más. Su respiración era más regular, más profunda. Los cachorros mamaban tranquilos, algunos ya dormidos, pegados a las tetas. Había paz en ese rincón del cobertizo, una paz que contrastaba violentamente con el terror de hacía unas horas. Fue entonces cuando lo entendí. Esa noche no se había tratado solo de salvar a una perra y a sus crías. Se había tratado de elegir detenerse, de decidir no pasar de largo esta vez, de enfrentar el miedo, el cansancio y el dolor para hacer lo correcto, incluso cuando lo más fácil era seguir de frente.
Hace 4 años pasé de largo ante un becerro herido. Cargaba con esa culpa desde entonces como una piedra en el pecho. Esta noche, de alguna forma había saldado cuentas con esa decisión. No borraba el pasado, no traía al becerro de vuelta, pero demostraba que había aprendido, que había elegido distinto. Y en esa elección algo dentro de mí también había empezado a sanar. Una parte que estaba muerta desde que perdía Lucía, una parte que había olvidado lo que era cuidar, proteger y que algo te importara más allá de la rutina vacía.
El sol empezó a salir pintando el cielo de rosa y naranja. La luz entraba por las rendijas del cobertizo, iluminando suavemente el nido de paja donde dormían la perra y los cachorros. Era un nuevo día y por primera vez en 4 años sentía que tal vez valía la pena vivirlo. Los primeros rayos de sol atravesaron las tablas viejas del cobertizo como dedos de luz, dibujando rayas en el suelo de tierra batida. Yo seguía sentado en la silla con el cuerpo adolorido por la mala noche, el cuello tieso y la espalda reclamando la posición, pero no me importaba.
Había algo diferente en el aire de esa mañana. No era solo el olor a tierra calentándose con el sol naciente ni el canto de los pájaros que empezaba afuera. Era algo más sutil, más profundo. Era la sensación de que algo había cambiado, no solo a mi alrededor, sino dentro de mí. La perra abrió los ojos despacio cuando la luz le tocó el hocico. Parpadeó unas cuantas veces, se acomodó con cuidado para no molestar a los cachorros que dormían pegados a ella, y miró en mi dirección.
Nuestras miradas se cruzaron y vi que ella también lo sentía. Habíamos pasado por algo juntos, una batalla, y habíamos vencido. Me levanté poco a poco con cada músculo protestando. Caminé hacia el nido de paja y me arrodillé. Los cachorros dormían profundamente con las panzas redondas de tanto mamar. Sus patitas se movían de vez en cuando si soñaran. Uno de ellos soltó un suspiro minúsculo que me sacó una sonrisa cansada. Buenos días, chula. Le dije bajito a la perra.
¿Cómo te sientes? Ella movió la cola despacio apenas dos o tres veces, pero fue respuesta suficiente. Seguía débil, pero estaba mejor, mucho mejor que anoche. Fui a la casa y preparé comida. No sabía exactamente qué darle a una perra recién parida, así que hice lo que Lucía solía hacer cuando sus gatas tenían crías. Cociné arroz con caldo de pollo, bien aguadito, y lo mezclé con unos trozos de carne que tenía en el refrigerador. Dejé que se enfriara un poco y lo llevé al cobertizo en un plato hondo.
Se lo puse cerca. La perra levantó la cabeza, olfateó y tras dudar un poco empezó a comer despacio al principio, luego con más ganas. Debía tener un hambre atroz. ¿Quién sabe cuántos días llevaba sin comer bien? Mientras ella comía, fui por agua limpia y fresca. Cambié el agua vieja del bote por nueva y se la puse cerca. Bebió bastante, con la lengua golpeando el agua con sed. Eso es. Come bien. Necesitas recuperarte para cuidar a estos chamacos, le dije señalando a los cachorros.
Cuando terminó de comer, limpié un poco el espacio, cambiando la paja que se había ensuciado durante la noche. Trabajaba despacio, con cuidado de no asustarla a ella ni a los cachorritos. Con cada movimiento ella me seguía con la mirada, todavía alerta, todavía desconfiada, a pesar de todo, iba a tomar tiempo para que confiara por completo y estaba bien. La confianza se gana con paciencia, no con prisas. El día se fue yendo en esa rutina. Salía al trabajo normal del rancho.
Tenía que darles de comer a las vacas, revisar las cercas, arreglar una tranca que estaba suelta, pero regresaba al cobertizo cada dos o tres horas para ver cómo seguían. Les llevaba agua, comida y revisaba que los cachorros estuvieran mamando bien. Como a mediodía, cuando el sol ya estaba alto y el calor empezaba a calar, uno de los perritos, la más chiquita, una hembra con una manchita blanca en el pecho, empezó a llorar. No era el chillido normal de hambre, era diferente, más agudo, más desesperado.
La madre intentó lamerla, empujarla hacia las tetas, pero la perrita no mamaba, solo lloraba. Sentí que se me apretaba el estómago. La tomé con cuidado en mi mano. Estaba demasiado caliente, demasiado incluso para un recién nacido calentura. No, murmuré. Ahora no tienes que aguantar. Aguantaste la noche más difícil. Ahora tienes que aguantar. Pero yo sabía que los cachorros recién nacidos son frágiles. Cualquier infección, cualquier problema puede ser fatal en los primeros días. Y esta era especialmente pequeña.
Ya había nacido en desventaja. Agarré una toallita mojada con agua fría y empecé a pasársela por el cuerpecito tratando de bajarle la temperatura. La perrita seguía llorando, pero ya más débil. La madre observaba todo, inquieta, intentando levantarse, pero todavía sin fuerzas. Tranquila, chula, yo la cuido. Yo me encargo. Me quedé ahí por más de una hora alternando entre refrescar a la perrita y tratar de que mamara. Usé un gotero viejo que encontré en un gabinete de la cocina y saqué un poco de leche de la madre.
Ella se dejó paciente, como si entendiera que era para salvar a su cría. Le echaba la leche en la boca, gota a gota, muy despacio. Poco a poco la fiebre fue bajando, el llanto fue menos y finalmente, después de mucho tiempo, la perrita aceptó mamar por sí sola. Se pegó a una teta y empezó a succionar, débil pero decidida. Respiré profundo, sintiendo como el alivio me recorría como una onda. Eso es, eres fuerte, más fuerte de lo que pareces.
Pero ese susto me enseñó algo. Iba a necesitar ayuda profesional. No podía hacerme cargo de esto solo. No de forma segura. Al día siguiente, en cuanto amaneciera, iba a llamar al veterinario del pueblo para pedirle que viniera a echarles un ojo. La noche llegó otra vez. Preparé mi puesto de vigilancia en el cobertizo. Llevé la silla, la cobija y un termo de café. Iba a pasar otra noche ahí y las que fueran necesarias hasta estar seguro de que estaban fuera de peligro.
Como a las 9 de la noche, mientras estaba ahí sentado escuchando el silencio del rancho roto, solo por los sonidos nocturnos del monte, oí un ruido diferente, un motor, una camioneta acercándose. Me levanté tenso. No esperaba visitas, no a esa hora salí del cobertizo y vi los faros acercándose por el camino. La camioneta se detuvo frente a la casa y cuando vi quién se bajaba, sentí que el coraje me subía por la garganta como lumbre. Era Geraldo, el vecino, el hombre que había amarrado a la perra para que se muriera.
Era alto, de hombros anchos, con la cara quemada por el sol y una expresión siempre de mal humor. Traía un sombrero viejo de cuero y tenía las manos grandes, callosas, manos que habían hecho el nudo en esa cuerda. “Buenas noches, Antonio”, dijo con su voz ronca. No respondí de inmediato, solo lo miré con las manos hechas puños a los costados. Él notó la tensión en el aire, pero siguió hablando. Vengo por una perra que se me escapó de mi propiedad, una corriente cargada.
De casualidad no la has visto. La mentira era tan descarada que casi me daban ganas de reír, pero no había nada de chistoso en eso. Se escapó. Repetí con voz baja y controlada. Así le llamas ahora a amarrar a un animal a un poste y dejarlo para que se muera. Su cara se endureció. No sé de qué me estás hablando. Yo sé exactamente de qué hablo. La encontré ayer, Geraldo, amarrada, con una cascabel esperando para atacar. Estaba pariendo.
Casi se muere. Él se encogió de hombros como si no fuera nada. Animal que no sirve tiene que desaparecer. Esa perra se la pasaba matando mis gallinas. asustando al ganado. Ya te había avisado que si se aparecía otra vez en mi terreno, yo iba a resolver el problema. Resolver el problema. La rabia ya se me estaba desbordando. Tú no resolviste nada. Fuiste cruel, un cobarde. Amarraste a un animal indefenso, preñado, y lo dejaste para que muriera de la peor forma posible.
¿Y qué? Es solo un perro, un perro corriente que no vale nada. Di un paso hacia él. Tenía los puños tan apretados que las uñas se me clavaban en las palmas. Lárgate de aquí. Vengo por lo que es mío. Esa perra no es tuya. Perdiste cualquier derecho sobre ella cuando hiciste lo que hiciste. Ahora lárgate de mi rancho antes de que te saque de una forma que no te va a gustar. Geraldo me miró por un largo rato.
Era más grande que yo, más joven y probablemente más fuerte. En una pelea física él tenía la ventaja, pero había algo en mi mirada, en mi postura que lo hizo retroceder. Tal vez fue mi coraje, tal vez mi determinación o tal vez simplemente la certeza de que yo tenía la razón y él no. y que ninguna fuerza física iba a cambiar eso. “¿Te vas a arrepentir de esto?”, dijo mientras regresaba a su camioneta. “Ya me he arrepentido de muchas cosas en la vida.
Proteger a un animal inocente no va a ser una de ellas.” Se subió a la camioneta, se echó en reversa con coraje, haciendo que las llantas rechinaran en la tierra y se fue. El polvo rojo se levantó bajo la luz de los faros, quedando suspendido en el aire. Incluso después de que el ruido del motor se perdió a lo lejos, me quedé ahí parado, temblando, no de miedo, sino de rabia contenida, de indignación, de revoloteo contra la crueldad gratuita, contra la falta de empatía, contra la idea de que una vida no vale nada solo por ser de un animal.
Regresé al cobertizo. La perra estaba despierta, con la cabeza levantada, alerta. Había oído las voces. el tono de la pelea. Cuando me vio entrar, su cuerpo se puso tenso. Me arrodillé a su lado despacio. No te va a llevar nunca. Está segura aquí, tú y tus cachorros. Te lo prometo. Ella me miró fijamente y entonces, por primera vez, recargó su hocico en mi mano. Fue un toque leve, dudoso, pero era confianza. Estaba empezando a confiar. Los días siguientes fueron de puros cuidados y vigilancia.
El veterinario vino al día siguiente, un joven llamado Dror Ricardo, que se había graduado hacía pocos años y atendía la zona. Revisó a la perra y a los cachorros con cuidado, les puso vitaminas desparasitante y me dio instrucciones sobre la comida y los cuidados. Tuvo suerte, me dijo mientras guardaba sus cosas en el maletín. Si no la hubiera encontrado ayer, no la cuenta. Ni ella ni los cachorritos. Fue más que suerte, respondí. Fue una decisión. Me miró con curiosidad, pero no preguntó más.
Solo asintió y se fue, dejándome las medicinas y las indicaciones. Con el paso de los días, algo fue cambiando. No solo en la perra y los cachorros, que cada día estaban más fuertes y sanos, sino también en mí. Me despertaba más temprano, pero ya no era ese despertar pesado, arrastrado y forzado de antes. Era un despertar con propósito. Tenía que darle de comer a la perra, revisar a los cachorros, cambiar el agua, limpiar el lugar. La casa, que antes era solo un sitio para llegar a dormir, empezó a tener movimiento.
Cocinaba más, no solo para mí, sino para ella. Probaba recetas. veía que le gustaba y que le sentaba bien. La cocina volvió a oler a comida de verdad, no solo a café recalentado y pan duro. El cobertizo que antes solo guardaba herramientas y pasto, se convirtió en un hogar temporal. Puse una mejor luz, organicé el espacio y hasta pinté una parte de la pared que se estaba descarapelando. Quería que fuera un lugar bueno, limpio y seguro. Y poco a poco, sin darme cuenta, empecé a hablar de nuevo, no solo con la perra, aunque hablaba mucho con ella, también con la gente.
Cuando don José venía a la chamba, platicábamos, le preguntaba por su familia, le contaba de los cachorros. Cuando iba al pueblo por croquetas o mandado, me paraba a platicar con la gente de la Asociación Ganadera, aceptaba un cafecito y me quedaba unos minutos escuchando historias. La soledad seguía ahí, claro, no se pueden borrar 4 años de aislamiento de un momento a otro. La falta de Lucía seguía doliendo, sobre todo en las noches cuando me acostaba y el otro lado de la cama permanecía vacío.
Pero ahora había algo más, había compañía, había una responsabilidad, había vida alrededor. Una semana después del nacimiento, los cachorros abrieron los ojos. Fue al caer la tarde cuando el sol ya estaba bajo y yo estaba sentado en el suelo del cobertizo solo observando. Primero fue el más grande, un macho de pelo oscuro, igualito a su madre. Barpadeó confundido por la luz y las formas a su alrededor. Luego vinieron los otros uno por uno, descubriendo el mundo por primera vez.
La madre lami mió a cada uno cuando abrieron los ojos como si estuviera celebrando, reconociendo que habían pasado la primera etapa, que estaban sobreviviendo. Y yo sentado ahí sentí algo mojado escurrir por mi cara, más lágrimas, pero ahora eran distintas a las de otras veces. No eran de dolor ni de un alivio desesperado. Eran lágrimas de algo más puro, más simple. Eran lágrimas de alegría. Dos semanas después, los cachorros ya andaban caminando, tambaleantes, torpes, cayéndose cada tres pasos, pero caminando.
El cobertizo se llenó de ruiditos, chillidos, ladridos minúsculos, el sonido de las patitas en el suelo de tierra. La perra también se puso más fuerte. ya podía levantarse sola, andar por el cobertizo y salir a hacer sus necesidades. La herida del cuello había cicatrizado, dejando solo una marca que siempre estaría ahí, un recordatorio de lo que había pasado. Le puse un nombre, esperanza, porque eso fue lo que ella trajo de vuelta a mi vida, y a los cachorros también les puse nombres.
Al más grande, el macho fuerte, lo llamé valiente. A la hembra con la manchita blanca en el pecho, que se había enfermado, pero sobrevivió, la llamé luchadora. A los otros dos, también machos, los llamé suertudo y milagro. Cada nombre tenía un significado. Cada uno representaba algo de aquella noche, de aquella semana, de aquella transformación. Un mes después, la vida en el rancho era completamente distinta. Esperanza y los cachorros se habían mudado a la casa. Hice un área acercada en el patio con sombra y refugio, pero se la pasaban la mayor parte del tiempo sueltos, corriendo, jugando y explorando.
La casa, que antes era silenciosa como un panteón, ahora tenía ruido. Ladridos, corretizas, un desorden total. Y yo amaba cada segundo de eso. Aprendí a reír de nuevo, viendo a los cachorros pelearse por un palo, persiguiendo mariposas o intentando morderse su propia cola. Aprendí a tener paciencia cuando hacían travesuras, cuando tiraban las cosas o cuando se despertaban de madrugada chillando. Aprendí que cuidar de otro ser, tener la responsabilidad de una vida más allá de la tuya, te saca de tu propia cabeza, te obliga a mirar hacia afuera, hacia adelante, hacia el mañana.
Esperanza me seguía por todo el rancho. Cuando salía a trabajar, ella iba conmigo y los cachorros corrían detrás intentando seguirle el paso. Cuando reparaba alguna cerca, ella se quedaba echada en la sombra cerca de mí, vigilando. Cuando movía al ganado, ella observaba atenta, aprendiendo. Se estaba convirtiendo en lo que siempre debió ser, una perra de rancho, una compañera, una presencia. Y yo me estaba convirtiendo en lo que había olvidado ser, alguien que cuidaba, alguien que protegía, alguien que tenía algo más que a sí mismo para vivir, pero sabía que pronto tendría que tomar una decisión difícil.
Los cachorros crecían rápido. En pocas semanas estarían demasiado grandes y serían muchos perros para que una sola persona los cuidara. Tendría que buscarles un hogar, hogares buenos, con gente que los cuidara bien, que no hicieran lo que ese tal Geraldo había hecho. La idea de separarme de ellos me dolía. Me había encariñado con cada uno, pero también sabía que era lo correcto. Merecían espacio para crecer y familias que pudieran darles toda la atención y esperanza. Ella se quedaba.
No había discusión. Ella me había elegido tanto como yo la elegí a ella aquella tarde en la carretera. Éramos un equipo ahora, dos sobrevivientes que se habían encontrado en el momento justo. Una noche, casi dos meses después del parto, estaba sentado en el porche de la casa. Esperanza estaba echada a mis pies y los cachorros jugaban en el patio bajo la luz del poste. El cielo estaba despejado, cuajado de estrellas. y el aire tenía ese olor a campo que conocía también.
Miré la escena y me di cuenta de algo. Estaba feliz. No era una felicidad explosiva o eufórica. Era algo más calmado, más profundo. Era la felicidad de tener un propósito, de tener compañía, de saber que mañana al despertar no estaría solo, que habría ladridos recibiéndome, colas agitándose y una perra pegando su hocico a mi mano. Era la felicidad de estar vivo de nuevo. Y en ese momento, mirando al cielo estrellado, hablé bajito, como si Lucía pudiera oírme desde donde quiera que estuviera.
Gracias por insistir con lo de tener perros. Siempre supiste lo que yo necesitaba, incluso cuando yo mismo no lo sabía. El viento sopló suave, moviendo las hojas de los árboles, y elegí creer que era ella de alguna forma, diciéndome que todo estaba bien, que estaba orgullosa, que iba por el buen camino. La calma duró exactamente 53 días. Lo sé porque empecé a marcarlo en el calendario viejo de la cocina, ese que Lucía siempre usaba para anotar las cosas importantes.
Cada día que pasaba desde aquella noche en la carretera, yo hacía una marca pequeña con lápiz. No sé bien por qué. Tal vez para estar seguro de que era real, de que no era un sueño, que todo ese cambio de verdad había sucedido, 53 días de una rutina buena, de despertar con los ladridos de los cachorros, de tomar el café con esperanza echada a mis pies, de trabajar en el rancho con compañía, ya no solo, 53 días de una felicidad tranquila que se me había olvidado que existía hasta que Un jueves de noviembre todo se empezó a desmoronar.
Desperté ese día con una sensación extraña en el estómago. Nada específico, nada que pudiera poner en palabras. Solo una incomodidad, una inquietud que se me pegaba a la piel como sudor frío. El cielo también estaba diferente, pesado. Nubarrones gordos y oscuros se amontonaban en el horizonte hacia el oeste, viniendo despacio, pero con determinación. El aire estaba bochornoso, sin una pisca de viento. Hasta los pájaros estaban más callados de lo normal. Viene tormenta, pensé, de las fuertes. Pero no era solo eso.
Había algo más en el aire, algo que mis instintos, afilados por años viviendo en el campo, captaban, pero no lograban identificar. Esperanza también estaba rara. No había desayunado bien, solo picoteó las croquetas y dejó el resto. Estaba inquieta, caminando de un lado a otro, olfateando el aire, mirando hacia el camino con las orejas tiesas. Los cachorros, sensibles al nerviosismo de su madre, también estaban más agitados. Luchadora, especialmente, lloriqueaba bajito, pegada a mis piernas. ¿Qué pasa, muchacha?, Le pregunté a Esperanza, agachándome y pasándole la mano por el lomo.
¿Sientes que viene el agua? Ella me miró con esos ojos profundos y serios y hubo un momento en que juro que intentaba decirme algo, avisarme de algo, pero yo no entendía. Seguí con la chamba del día. Tenía que revisar el ganado, arreglar un tramo de la cerca que don José me había dicho que estaba flojo y preparar la propiedad para la tormenta que se acercaba. En el campo, una tormenta de noviembre puede ser violenta. Vientos fuertes, lluvia que caen como martillazos y rayos que prenden todo el cielo.
Estaba en el potrero del norte clavando una tabla suelta cuando oí el ruido de un motor. Volteé y vi una troca desconocida subiendo por el camino de tierra que da a la propiedad. No era el coche de don José, no era de nadie que yo conociera. El vehículo se detuvo cerca de la casa. Dos hombres bajaron. Incluso de lejos se notaba que no eran de por aquí. ropa de ciudad, botas demasiado limpias, facha de quienes no están acostumbrados a que la tierra roja se les pegue en la suela del zapato.
Solté el martillo y empecé a caminar de regreso. Esperanza que me había seguido hasta allá empezó a gruñir bajo. Era la primera vez que la oía hacer ese sonido, un gruñido grave, amenazante, que salía desde el fondo del pecho. Calma”, le dije. Pero mi mano se fue automáticamente al mango del machete que cargaba en el cinto. Puro instinto. Cuando llegué cerca, los dos hombres estaban parados frente a la casa mirando alrededor. Uno era alto y flaco, con lentes oscuros.
El otro era más bajo, robusto, con una panza pronunciada y la cara roja de quien suda por nada. Los dos tenían esa postura de quien cree que manda. que espera que le obedezcan. “Buenas tardes”, dijo el más alto sin quitarse los lentes, a pesar de que la luz ya estaba gris por las nubes. “Usted es el señor Antonio Ferreira.” Él mismo. ¿En qué les puedo ayudar? Sacó un papel doblado de la bolsa de su camisa. “Soy actuario del juzgado.
Vengo a entregarle una notificación. Sentí que se me apretaba el estómago. Una notificación legal. Nada bueno empieza con esa palabra. Tomé el papel. Esperanza seguía gruñiendo con el pelo del lomo herizado. Los cachorros habían salido al patio y se quedaban detrás de su madre asustados. Abrí el papel y empecé a leer. Las palabras bailaban frente a mis ojos, pero el significado se fue aclarando poco a poco. Proceso judicial, orden de aseguramiento, propiedad en disputa. Nombre del demandante Geraldo Tabáz da Silva.
El vecino. Ese desgraciado me estaba demandando. ¿Esto es por la perra? pregunté con la voz saliendo más controlada de lo que me sentía. No puedo darle detalles. El señor tiene que presentarse a la audiencia en la fecha marcada. Todo viene explicado en el documento. Él está alegando que la perra es suya, que yo se la robé. El actuario se encogió de hombros. Como le dije, no puedo comentar. Solo vengo a notificarle. El señor queda legalmente enterado. Hizo una pausa.
Ah, y también hay una orden de aseguramiento del animal. Venimos por la perra en cuestión. El mundo se detuvo. No se la van a llevar. El otro hombre, el bajito y colorado, habló por primera vez. Su voz era rasposa, impaciente. No es opción, señor. Es una orden judicial. El animal tiene que ser entregado hasta que se resuelva el proceso. No se la van a llevar, repetí dando un paso al frente. Esperanza se puso junto a mí y su gruñido se hizo más fuerte.
El actuario suspiró. Don Antonio, entiendo que sea difícil, pero resistirse a una orden judicial solo va a empeorar su situación. El animal será llevado a la perrera municipal hasta que a la perrera municipal. Casi grité. ¿Saben lo que pasa en esos lugares? Los perros están en jaulas chiquitas, sin cuidados, pasan hambre, se enferman y los cachorros van a separar a los cachorros de su madre. Todavía maman por el amor de Dios. Son las reglas, señor, yo no las hice.
El coraje me subía por la garganta como lava. Me temblaban las manos. Miré el papel de nuevo, buscando alguna salida, algún hueco, pero era puro lenguaje jurídico que apenas entendía. tenía plazos, artículos de la ley, sellos oficiales. Tengo que hablar con un abogado. Tiene todo el derecho, pero hoy, ahora mismo, el animal tiene que ser entregado. No. La palabra salió firme, definitiva. El actuario intercambió una mirada con su acompañante. El tipo robusto se puso la mano en el cinturón donde vi que traía colgada una macana.
“Señor, no me obligue a usar la fuerza. Llamo a la policía si es necesario. Esperanza dio un paso adelante, poniéndose entre los hombres y yo. El gruñido subió de tono. Los cachorros, sintiendo el peligro, empezaron a chillar. Valiente intentó hacerse el valiente y ladró, un ladrido agudo de cachorro que me partió el corazón. Estaba acorralado. Si me resistía, me llevaban preso. Si llamaban a la policía, sería peor. Podía perder no solo a esperanza, sino la oportunidad de pelear por ella legalmente.
Y si usaban la fuerza, alguien podía salir herido. Esperanza podía salir herida, los cachorros podían salir heridos. Pero, ¿cómo entregarla? ¿Cómo dejar que se llevaran a la perra que yo había salvado, que había confiado en mí, que me había dado una razón para vivir de nuevo. Fue entonces cuando sentí una mano en mi hombro. Volteé y vi a don José parado ahí. No lo había oído llegar. Tenía los ojos serios, preocupados. “Patrón”, dijo bajito, “para que solo yo lo oyera.
Deje que se la lleven por ahora. La recuperamos de la forma correcta, con abogado, con la ley de nuestro lado. Si se pelea ahorita, lo pierde todo. No puedo dejar que se la lleven, murmuré con la voz cortada. Si puede, porque usted es inteligente y sabe que a veces dar un paso atrás es la única forma de dar dos adelante. Después lo miré a él, luego a Esperanza y después a los cachorros. valiente, luchadora, suertudo y milagro.
Todos me miraban con esos ojos llenos de confianza, como si supieran que yo los iba a proteger, como siempre lo hice, y estaba a punto de fallarles. Cerré los ojos, respiré profundo y tomé la decisión más difícil de mi vida. Está bien”, dije con la voz quebrada, “Pero yo mismo la llevo. Ustedes no le ponen un dedo encima y los cachorros se quedan conmigo hasta que ella regrese.” El actuario dudó, revisó el papel. “La orden es solo para la perra adulta.
Los cachorros no se mencionan. Entonces, ya está. Yo la subo. Ustedes nada más me escoltan.” Cargué a esperanza. Estaba tensa, confundida, pero no se resistió. confiaba en mí hasta en eso, incluso cuando la estaba traicionando. Los cachorros empezaron a correr detrás de nosotros, llorando, llamando a su mamá. Don José los agarró con cuidado, cargándolos uno por uno y metiéndolos al patio cercado. Brincaban, chillaban y rasguñaban la cerca queriendo pasar. Caminé hacia la troca de los oficiales. Había una jaula de metal en la caja de atrás.
No va a ir en la jaula. Dije, “Señor, es el protocolo. No va en la jaula, va en el asiento de atrás conmigo, deteniéndola. ¿O no se la llevan? Otro momento de duda. Luego el actuario asintió. Está bien, pero si ataca no es responsabilidad nuestra. Ella no va a atacar. Me subí al asiento de atrás con esperanza en el regazo. Temblaba no de frío, sino de miedo. Pegó su occoo a mi cuello, respirando agitada. Le pasé la mano por el lomo tratando de calmarla, pero era yo quien necesitaba recuperar el aliento.
“Voy a venir por ti”, le susurré al oído. “Te lo prometo. No te voy a dejar en este lugar. Es solo por unos días en lo que arreglo este desmadre. ¿Confías en mí?” Ella me miró y esos ojos lo decían todo. Confiaba, aunque no entendiera nada, aunque tuviera miedo, ella confiaba en mi palabra. El motor arrancó. La camioneta empezó a avanzar. Por la ventana vi a los cachorros junto a la cerca chillando. Vi a don Toño parado ahí levantando la mano en un adiós triste.
Vi mi casa, mi rancho. Vi como todo se quedaba atrás. Y vi en el horizonte las nubes negras acercándose. La tormenta ya estaba encima. El viaje hasta la cabecera municipal tomó 40 minutos que se sintieron como 40 horas. Esperanza se quedó quietecita en mi regazo, nada más temblando de vez en cuando. Yo no dejaba de acariciarla hablándole bajito, tratando de darle una seguridad que yo mismo no sentía. El refugio municipal estaba en la periferia de la ciudad, un edificio gris y desabrido rodeado de bardas altas.
Se oían los ladridos desde afuera antes de entrar. Docenas de perros, tal vez cientos, todos encerrados, todos esperando un destino incierto. Una mujer con bata blanca nos recibió. Tenía ojos cansados y la expresión de quien ya ha visto demasiada tristeza. ¿Es la perra del proceso legal?”, preguntó revisando una tabla con hojas. “¿Es ella, respondió el oficial? Restitución de propiedad. Se queda aquí hasta que el juez dicte otra cosa.” Ella asintió y me miró. “¿Puede aquí, señor? Voy a hacer la ficha de ingreso.
¿Puedo ver dónde se va a quedar?” La mujer dudó. No se permiten visitas. Solo quiero ver el lugar, por favor. Ella suspiró y luego me hizo una seña para que la siguiera. Pasamos por un pasillo con un olor penetrante a cloro, mezclado con orina y suciedad. Las paredes eran de azulejo blanco, todo manchado. Los ladridos resonaban desesperados, unos sobre otros en un coro de abandono. Llegamos a un área con docenas de jaulas de metal, pequeñas, apretadas. Cada una tenía un perro, a veces dos.
Algunos ladraban con rabia, otros se quedaban quietos en un rincón con los ojos vacíos. Había cachorros, adultos, perros ya viejos, todos presos. Esperanza se iba a quedar en un lugar de esos. ¿Todavía amamanta?, preguntó la mujer. Los cachorros todavía maman. Sí, apenas tienen dos meses. Entonces tengo que avisar. Van a tener que ordeñarla aquí. Si no le va a dar mastitis y se puede poner grave. Ustedes van a hacer eso. Tienen la capacidad. No me respondió. Solo desvió la mirada.
Y en ese silencio lo entendí todo. No tenían ni la estructura ni el personal suficiente. Esperanza iba a sufrir. ¿Cuánto falta para la audiencia?, pregunté con el nudo en la garganta. Depende. Puede ser la otra semana o el próximo mes. El sistema está saturado. Un mes. Podía quedarse un mes ahí metida. Miré a esperanza. Ella observaba las jaulas a su alrededor con las orejas gachas y la cola entre las patas. Sabía lo que estaba pasando. Sabía que la estaban abandonando otra vez.
Me hinqué frente a ella, le tomé la cara entre las manos. Voy a volver. ¿Me oyes? Voy a volver por ti. A lo mejor tardo unos días, pero vuelvo. No te voy a dejar aquí nunca. Esto no es un adiós, es es nada más un tropezón. Uno se tropieza, pero se levanta. Y te voy a sacar de aquí, chula. Te lo juro por la memoria de Lucía. Te lo juro. Me lamió la mano una vez despacio. Era un perdón que yo no me merecía.
La mujer se llevó a esperanza con cuidado hacia una de las jaulas, abrió la puerta de metal, la metió y cerró. El sonido del cerrojo al cerrarse fue como un balazo en el pecho. Esperanza se quedó ahí parada, mirándome a través de los fierros. No ladró, no lloró, solo me miró. Y en esa mirada estaba todo, la confianza, el miedo y la esperanza. A pesar de todo, salí de ahí sin volver la cara, porque si miraba me iba a desmoronar por completo.
Pasé por el pasillo, por los ladridos, por el olor, por toda la tristeza acumulada en ese sitio. El oficial me llevó de regreso porque yo me había ido en su camioneta. El viaje de vuelta fue puro silencio. Yo miraba por la ventana sin ver nada realmente. Solo pensaba en ella, en esos fierros, en esos ojos mirándome. Cuando llegué al rancho, la tormenta ya había estallado. La lluvia caía con rabia, martilleando el techo, formando charcos enormes en el patio.
Los rayos rayaban el cielo y los truenos sacudían las ventanas. Los cachorros estaban empapados llorando junto a la cerca. Don Toño ya se había ido. Tenía familia que cuidar. Ahora solo éramos ellos y yo. Agarré a los cuatro, los metí a la casa y los sequé con toallas. Seguían chillando buscando a su madre. Traté de darles leche en un biberón improvisado, pero no querían nada. Solo la querían a ella. Yo también les dije con la voz entrecortada.
Yo también la quiero de regreso. Cayó la noche y la tormenta no cedía. Violenta, furiosa, como si el cielo estuviera con el mundo, con las injusticias, con todo. Me senté en el suelo de la sala con los cuatro perritos a mi alrededor. Se cansaron de llorar y se durmieron amontonados, buscando el calor del otro. Yo me quedé ahí nada más mirando, oyendo la lluvia y los truenos. con los relámpagos iluminando la sala por fracciones de segundo. Y por primera vez en 53 días la soledad regresó.
No la soledad de estar solo físicamente, sino la soledad del alma, esa que duele en el fondo, que te hace dudar de todo, que te hace sentir chiquito e impotente ante el mundo. Había tomado la decisión correcta. Debí haber peleado más, resistirme, ¿qué habría hecho Lucía? Pero yo sabía la respuesta. Lucía habría sido práctica. Habría dicho que a veces ceder ahora es la única forma de ganar después. Que pelear a destiempo solo te lleva a la derrota.
Pero saberlo no lo hacía más fácil. Agarré el teléfono viejo de la sala y le llamé al único abogado que conocía en el pueblo, el licenciado Mario, un señor ya mayor que me había ayudado con los papeles del rancho cuando murió Lucía. Contestó al cuarto tono. Le expliqué todo. La perra, la víbora, el rescate, Geraldo, la demanda. Las palabras me salían atropelladas, desesperadas. Él escuchó en silencio. Cuando terminé hizo una pausa larga. Antonio, legalmente está difícil. Si Geraldo logra probar que la perra era suya desde antes que te la llevaste de su propiedad, tiene derecho a la restitución.
Pero si la abandonó, la amarró para que se muriera, eso tienes que probarlo tú. ¿Tienes testigos, fotos, algo concreto? No tenía nada, solo mi palabra. Y la palabra de un hombre solo contra la de otro no vale mucho en los juzgados. Voy a preparar la defensa”, continuó el licenciado. “Pero te soy honesto, las posibilidades no son buenas y el proceso puede tardar meses, tal vez meses con esperanza en ese lugar horrible, sufriendo, esperando. ¿Cuánto cuesta para contratarlo, licenciado?” Me dio el monto.
Era mucho dinero. Iba a tener que vender algunas cabezas de ganado, tal vez la camioneta vieja, pero no importaba, valía cada centavo. Haga lo que sea necesario, licenciado. Yo le pago, pero sáquela de ahí. Haré lo posible, Antonio. Mañana mismo meto un recurso para la liberación provisional. Con suerte, en una semana está de vuelta. Una semana, 7 días, 168 horas. Parecía una eternidad. Colgué el teléfono y regresé al suelo con los cachorros. Luchadora se había despertado y me miraba con esos ojos grandes y tristes.
La cargué. Era tan chiquita, tan frágil. ¿Cómo le iba a explicar que su mamá no estaba? ¿Cómo iba a cumplir la promesa de traer a Esperanza de regreso? Afuera la tormenta seguía y dentro de mí empezaba otra de culpa, de rabia, de miedo, pero también de determinación. Porque si algo había aprendido en esos 53 días, era que rendirse ya no era una opción. Me había detenido en esa carretera. había elegido salvar una vida y no iba a dejar que la crueldad humana, ni la burocracia, ni la injusticia echaran a perder esa elección.
Iba a luchar por las buenas, con paciencia, con inteligencia, con todas las fuerzas que me quedaban. Iba a traer a Esperanza de vuelta a casa porque las promesas valen y yo había hecho una. Los días que siguieron fueron los más largos de mi vida. Cada mañana despertaba con la ilusión de que tal vez ese fuera el día, el día en que el teléfono sonaría y sería el licenciado Mario diciéndome que habían aceptado el recurso, que podía ir por esperanza.
Pero el teléfono no sonaba, o cuando lo hacía era por otra cosa. Recibos por pagar, don Toño avisando que iba a llegar tarde. La cooperativa confirmando una entrega. Nunca era la noticia que yo esperaba. Los cachorros sentían la falta de su madre de una forma que partía el alma, sobre todo los primeros días. La buscaban por todos los rincones de la casa, olfateando, lloriqueando. En la noche era peor. Se amontonaban donde ella solía dormir, esperando que apareciera.
Cuando no llegaba, lloraban bajito, hasta que el cansancio les ganaba. Traté de compensarlo como pude. Les preparaba comida especial mezclando las croquetas con caldo de res y arroz, como había oído que recomendaban en el refugio para el destete. Compré juguetes en el pueblo, pelotas, cuerdas, peluches. Pasaba horas jugando con ellos, queriendo distraerlos de la ausencia, pero yo sabía que nada de eso reemplazaba lo que de verdad necesitaban, a su madre. Y yo también la extrañaba de una forma distinta, pero igual de onda.
Me había acostumbrado a su presencia, a cómo me seguía por todo el rancho, siempre unos pasos atrás, atenta a cómo se echaba a mis pies cuando me sentaba en el porche al final del día, a la mirada que intercambiábamos a veces sin necesidad de hablar, solo con un entendimiento mudo. La casa se sentía otra vez demasiado grande, demasiado vacía. Aunque los cachorros estuvieran ahí, había un hueco que solo ella llenaba. Al cuarto día ya no aguanté. Llamé al refugio municipal, contestó una voz cansada, seguramente la misma mujer de la bata blanca.
Bueno, quisiera saber cómo está una perrita que llevaron hace unos días. Esperanza, así se llama. Un momento. Se oyó el ruido de papeles y el teclado de una computadora. Esperanza. No tenemos ese nombre en el registro. ¿Cómo que no? La llevaron el jueves pasado. Una perra mediana clara con manchas cafés. Ah, ya. Aquí está. Pero el nombre registrado es otro. Animal 247B. Animal 247B. Se había vuelto un número. ¿Cómo está? Está comiendo. Está. Señor, no puedo darle información detallada sobre animales en custodia judicial.
Es el protocolo. Solo quiero saber si está bien. Silencio del otro lado. Luego un suspiro. Está adaptándose. No está comiendo muy bien, pero es normal por el estrés del cambio. Le hicimos la ordeña dos veces, pero se resiste. Tuvimos que sedarla un poco la segunda vez. Sentí que se me revolvía el estómago, sedada, resistiendo, sin comer. Estaba sufriendo. Puedo visitarla. No se permite, por favor, solo 5 minutos nada más para que vea que no la abandoné. Señor, entiendo su preocupación, pero las reglas, al las reglas.
La voz me salió más fuerte de lo que quería. Respiré profundo para calmarme. Perdone, es que ella sufrió mucho. Ya la abandonaron antes, Luise. La amarraron para que se muriera y ahorita ha de pensar que yo hice lo mismo. Necesito que sepa que voy a volver, que no me olvidé de ella. Otro silencio más largo esta vez, el sábado. Venga el sábado a las 3 de la tarde, entre por la puerta de atrás. No le diga a nadie que yo lo autoricé.
Son solo 5 minutos y no puede tocarla, solo verla de lejos. Es lo más que puedo hacer. Gracias. Muchas gracias. El sábado estaba a dos días, 48 horas. Podía esperar. Cuando el día llegó, desperté antes del amanecer. No había podido dormir bien. La ansiedad me tuvo despierto toda la noche. Bañé a los cachorros, un relajo de agua y jabón, que en otro momento me habría dado risa, y los dejé limpios, olorosos, bonitos. Vamos a ver a su mamá, les dije mientras cepillaba el pelo de Valente.
Solo a verla. Todavía no puede regresar, pero al menos sabrá que estamos bien, que la estamos esperando. Metí a los cuatro en una caja de cartón con mantas en la batea de la camioneta. No era lo ideal, pero el viaje era corto e iba a manejar despacio. Tenían que ir. Esperanza necesitaba verlos. El camino a la ciudad se me hizo más largo que de costumbre. Cada kilómetro se arrastraba, pasaba por lugares conocidos. La curva donde encontré a esperanza, la entrada del vecino, el tramo de monte espeso y cada sitio me traía recuerdos.
Llegué a las 2:30. Todavía faltaba media hora, así que me paré en una gasolinera y compré agua para mí y un bulto de croquetas de las buenas, de las caras, para llevar al refugio. Tal vez eso ayudara a que Esperanza comiera mejor. A las 3 en punto estaba en la entrada de atrás, como me dijo la mujer. Ella ya estaba ahí esperando. Traía la misma bata blanca, pero su cara se veía aún más cansada que la última vez.
Traje a los cachorros, dije señalando la caja en la camioneta. Ella miró y algo cambió en su gesto. Se suavizó. Están preciosos. Se ven sanos. Extrañan a su madre. Ella también se le nota. Se queda mirando hacia la entrada todo el tiempo como si esperara a alguien. Eso me dolió como un golpe. Tragué saliva. ¿Puedo verla ya? Sí, pero recuerde, nada de tocarla. Si alguien se da cuenta de que la dejé pasar, pierdo el trabajo. Y hay muchos animales aquí que dependen de mí.
Entiendo. No la voy a tocar. Se lo prometo. Agarré la caja con los perritos y seguí a la mujer al interior del edificio. El olor era el mismo, cloro y desesperación. Los ladridos retumbaban en las paredes cientos de voces pidiendo atención, libertad, amor. Pasamos el área de las jaulas principales y fuimos a una sección más chica al fondo. Había menos perros ahí, todos en la misma situación. Custodia judicial, animales esperando que se resuelvan pleitos legales. Y entonces la vi.
Esperanza estaba en una jaula al rincón echada de lado. Había bajado de peso. Se le notaban más las costillas. El pelo que yo tanto me había esmerado en cuidar para que brillara estaba opaco, sin vida. Pero lo peor eran sus ojos vacíos. Miraba a la pared sin fijarse en nada, sin interés por lo que pasaba alrededor. Otros perros ladraban, se movían, reaccionaban. Ella no solo estaba ahí como si se hubiera rendido. Esperanza llamé con la voz débil.
Sus orejas se movieron. Luego giró la cabeza despacio hacia donde yo estaba. Tardó unos segundos en reconocerme. Cuando lo hizo, todo su cuerpo se prendió. se levantó de un salto, corrió hacia la reja, empezó a rasguñar el metal tratando de pasar, chillando, llorando. Los cachorros en la caja oyeron a su madre y empezaron a chillar también, manoteando para salir. Abrí la caja y los puse en el suelo. Corrieron hacia la jaula con sus patitas resbalando en el piso de cemento liso.
esperanza metió el hocico entre los fierros, queriendo alcanzar a sus hijos. Ellos hacían lo mismo del otro lado. Había unos cuantos centímetros separándolos, pero bien podría haber sido un abismo. “Por favor”, le rogué a la mujer con las lágrimas ya corriéndome por la cara. “Déjeme abrirla solo un poquito, solo para que se toquen.” Ella miró a su alrededor, fijándose si no había nadie cerca. Dos minutos, solo dos, y luego la sierra. Asentí con las manos buscando ya el cerrojo de la jaula.
Abrí apenas una rendija, lo suficiente para que Esperanza sacara la cabeza. Lamio a sus cachorros con una urgencia que dolía ver. La mía a uno, luego al otro y a otro más, como si necesitara asegurarse de que eran reales, de que estaban bien. Los cachorritos se amontonaban contra ella chillando, intentando mamar, aunque no pudieran alcanzarla. Después ella se giró hacia mí, me miró profundo, directo a los ojos y en esa mirada había una pregunta silenciosa, pero clarísima.
¿Por qué? ¿Por qué me dejaste aquí? ¿Por qué me prometiste que me ibas a proteger y ahora estoy encerrada otra vez, sola? Otra vez abandonada otra vez. Lo siento tanto susurré hincándome frente a ella. De verdad, lo siento, chula. No debía ser así. Estoy luchando para sacarte de aquí, te lo juro. Solo aguanta un poco más. Solo un poquito más. Ella recargó el hocico en mi mano que estaba apoyada en el suelo. No fue una lamedura, no fue un cariño, fue solo un toque, un reconocimiento, una respuesta que decidí interpretar como perdón, aunque en el fondo sabía que tal vez no lo fuera.
“Se acabó el tiempo”, dijo la mujer con la voz apretada. Ella también estaba conmovida, también le dolía ver aquello. Empujé a Esperanza con suavidad de vuelta a la jaula. Ella no puso resistencia, pero sus ojos nunca se apartaron de los míos ni de sus hijos. Cerré el cerrojo con las manos, temblándome tanto que casi se me cae la llave. Los cachorros intentaron seguir a su madre rasguñando las rejas, llorando. Tuve que cargarlos uno por uno y meterlos de nuevo en la caja.
Era como si me estuvieran arrancando pedazos del corazón. Esperanza se quedó quieta del otro lado de los barrotes mirándome. No lloraba, no ladraba, solo miraba. Y esa mirada me iba a perseguir por mucho tiempo. Voy a volver, le dije con la voz ya completamente quebrada. Te prometo que voy a volver y la próxima vez te vas de aquí para siempre. No te voy a dejar. No lo haré. Salí de ahí cargando la caja con los cachorros, siguiendo a la mujer hacia la salida.
Cada paso era un esfuerzo. Quería regresar, abrir esa jaula, agarrar a esperanza y salir corriendo. Pero sabía que eso solo empeoraría todo. Convertiría una situación difícil en algo imposible. Cuando llegué a la camioneta, la mujer me detuvo. Mire, no debería decirle esto. Puedo perder la chamba. Pero ese hombre que lo está demandando, Geraldo, ese vino ayer. Sentí que se me helaba la sangre. ¿A qué vino? Dijo que quería ver a su animal, que tenía derecho porque era el dueño legal mientras el proceso no se resolviera.
Hizo una pausa, pero no vino a verla. No, vino a provocar. ¿Cómo que a provocar? se quedó frente a su jaula riéndose, hablando fuerte de cómo los perros que no sirven tienen que aprender a portarse bien, de cómo cuando ganara el juicio le iba a enseñar bien a no andar causando problemas. El coraje regresó caliente y violento. La amenazó, no directamente. Nada que podamos usar en su contra, fue listo, pero el mensaje era claro y ella lo entendió.
se quedó hecha bolita al fondo de la jaula todo el tiempo temblando. ¿Por qué me cuenta esto? Ella me miró directo a los ojos. Porque llevo trabajando aquí 12 años. Ya he visto de todo y ya había gente buena perder contra gente mala solo porque la ley a veces es tonta. Esa perra merece algo mejor que ese hombre. Y usted, usted me pareció buena gente cuando la trajo. Puede que me equivoque, pero mi instinto me dice que no.
Lo soy. Buena gente, quiero decir. Al menos trato de serlo. Entonces, luche más fuerte, porque él va a jugar sucio. Y si usted no lucha más fuerte va a perder. Y ella ella no va a sobrevivir si regresa con él. Uno lo ve en los ojos de los animales cuando saben que van a morir. Ella lo sabe. Le di las gracias y me subí a la camioneta. Las manos me temblaban tanto que tardé en poder encender el motor.
Los cachorros se habían calmado en la caja, agotados de tanto llorar. El viaje de regreso al rancho fue como un borrón. No recuerdo haber manejado. No recuerdo la carretera, solo recuerdo llegar a casa. bajar a los cachorros, entrar y derrumbarme en el sofá. Lloré por primera vez desde el funeral de Lucía. Lloré de esa forma que te sacude todo el cuerpo, que te quita el aire, que duele físicamente. Lloré por esperanza, encerrada en ese lugar espantoso, por los cachorros que no entendían por qué su mamá se había ido.
Por mí que le había fallado a quien confiaba en mí. Pero en medio del llanto, en el fondo del dolor, nació algo más, una determinación feroz, inquebrantable, iba a ganar ese juicio. No importaba el costo, no importaba el tiempo, no importaba lo que tuviera que hacer. Geraldo podía jugar sucio, pero yo iba a luchar derecho y con fuerza. Y al final la justicia tenía que ganar, tenía que ser así. El lunes el licenciado Mario llamó, tengo noticias.
unas buenas, otras no tanto. Dígame, la suspensión provisional fue negada. El juez consideró que no hay riesgo inmediato para el animal en el refugio, así que no se justifica liberarla antes del juicio. Cerré los ojos, apretando el teléfono con fuerza y las buenas noticias. Logré adelantar la audiencia la próxima semana, el jueves, y hay más. Descubrí que Geraldo tiene antecedentes. Dos denuncias por maltrato animal archivadas por falta de pruebas, pero están en el sistema. Voy a usar eso.
Va a funcionar. Depende. Si logramos probar que usted actuó para salvarle la vida, que estaba en situación de abandono y maltrato, tenemos oportunidad. Pero necesitamos algo más, alguna evidencia, testigos, fotos, lo que sea. Pensé rápido. La estaca, la soga, tal vez todavía seguían ahí. Voy a ir al lugar donde la encontré a ver si hay algo. Haga eso y Antonio, prepare una declaración bien detallada. todo lo que recuerde de ese día, la hora, las condiciones de la perra, la víbora, todo.
Entre más detalles, mejor. Después de colgar, agarré la camioneta y volví a la carretera, al lugar exacto donde había encontrado a Esperanza. Había pasado más de una semana, pero tal vez todavía quedara algo. La estaca seguía ahí clavada en la tierra con fuerza, exactamente como la recordaba. El mecate también, todavía con el nudo que yo había cortado. Saqué mi celular, un aparato sencillo que Lucía me había convencido de comprar hace años diciendo que era por seguridad y tomé fotos, muchas fotos de todos los ángulos.
La tierra alrededor todavía tenía las marcas de donde Esperanza se había echado, donde había rascado intentando soltarse. Fotografié eso también. Y entonces, tirado entre la maleza rala de junto, encontré algo más. Un collar viejo roto. Se debió haber reventado en algún momento cuando Esperanza intentó escapar antes de que la amarraran con el mecate. Tenía sangre seca en el cuero. Lo recogí con cuidado y lo metí en una bolsa de plástico. Era evidencia. Le pasé las fotos al licenciado Mario esa misma tarde.
Se puso emocionado. Esto es bueno, muy bueno. Muestra premeditación. Nadie clava una estaca de esas por accidente y el collar con sangre, eso prueba que hubo forcejeo, sufrimiento. Es suficiente. Aumenta nuestras posibilidades considerablemente, pero todavía va a depender de cómo lo interprete el juez, de cómo le vaya a usted en su declaración y de cómo se defienda Geraldo. La semana hasta la audiencia fue la más lenta y la más rápida al mismo tiempo. Lenta porque cada día parecía tener 48 horas.
Rápida porque yo no me sentía preparado sin importar cuánto tiempo pasara. Ensayé mi declaración docenas de veces. Frente al espejo, manejando la camioneta, acostado en la cama de noche, sin poder dormir. Quería que cada palabra saliera bien, que cada detalle fuera recordado. No podía fallar. El futuro de esperanza dependía de eso. La noche del miércoles, la víspera de la audiencia, fui a visitar la tumba de Lucía. Estaba en el panteón municipal debajo de un árbol que ella siempre decía que le gustaba.
Le llevé flores violetas, sus favoritas, y me quedé ahí sentado en el pasto platicando con la lápida como si ella pudiera oírme. “Mañana es el día, Lucía, la audiencia. Tengo miedo. Miedo de fallar otra vez, de no poder proteger a quien me necesita. Tú siempre fuiste mejor en esto. Siempre sabías qué decir, cómo actuar. El viento sopló suave, moviendo las hojas del árbol. ¿Te acuerdas cuando insistías en que debíamos tener perros? Yo era un terco. Pensaba que daban mucho trabajo.
Tenía razón en eso y en todo. Siempre la tuviste. Y ahora que finalmente entendí que finalmente dejé entrar a alguien de nuevo, la estoy perdiendo y no sé si aguante perder otra vez. Me quedé ahí hasta que oscureció por completo, hasta que salieron las estrellas, hasta sentir que había dicho todo lo que necesitaba decir. Cuando me levanté para irme, sentí algo distinto. No era confianza, no era certeza, pero era algo parecido a la paz. como si Lucía me hubiera escuchado y de alguna forma me hubiera dicho que todo iba a estar bien, que había hecho lo mejor que podía, que eso era suficiente.
La mañana del jueves me desperté antes de que saliera el sol. Me bañé, me rasuré, me puse la ropa más decente que tenía, un pantalón de vestir azul marino que no usaba desde el funeral de Lucía y una camisa blanca que planché con cuidado. Quería verme respetable. confiable. Les di de comer a los cachorros, les di cariño a cada uno. Les dije que iba por su mamá. Hoy vuelve ella dije con una convicción que trataba de sentir de verdad.
Hoy la traemos de vuelta a casa. Valente me miró con esos ojos grandes y me lamió la mano. Era como si entendiera, como si creyera en mí. Yo tenía que creer también. La audiencia estaba programada para las 9 de la mañana. Llegué al juzgado a las 8:30. El licenciado Mario ya estaba allí revisando papeles, haciendo anotaciones de último minuto. Me vio y me hizo una señal. Listo. No, pero vamos de todos modos. Él sonrío. Ese es el espíritu.
Recuerde, sea honesto, sea directo, responda solo lo que le pregunten, no se pierda en detalles innecesarios y mire al juez cuando hable, no a Geraldo. Geraldo llegó 5 minutos después. Traía a un abogado también, un hombre de traje gris y un maletín de piel caro. Platicaban en voz baja, se veían muy seguros. Cuando nuestras miradas se cruzaron en el pasillo, Geraldo sonró. No fue una sonrisa amable, fue la sonrisa de quien cree que ya ganó. Aquello encendió algo en mí.
No fue rabia, fue determinación. A las 9 en punto nos llamaron. La sala de audiencias era pequeña, sencilla. El juez era un hombre de mediana edad, de pelo canoso y expresión seria. usaba lentes gruesos y tenía un montón de expedientes en la mesa, un caso más que resolver en su día, pero para mí lo era todo. La audiencia comenzó y con ella la última oportunidad de traer a Esperanza de vuelta a casa.
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