Elías Rojas tenía setenta y cinco años cuando llegó al Campo Militar bajo el sol inclemente de la Ciudad de México. El asfalto quemaba, el aire vibraba, y aun así él avanzó con paso firme, aunque cada movimiento hacía rechinar la vieja prótesis mecánica que reemplazaba su pierna derecha. Vestía su uniforme verde olivo de otros tiempos, gastado por los años pero planchado con un cuidado casi sagrado. En el hombro derecho llevaba un parche cosido a mano, sencillo, descolorido, con un solo nombre bordado en hilo torcido: “Margarita”.
Frente a la reja negra de hierro, un soldado joven lo detuvo sin siquiera levantar la mirada.
—No está en la lista, jefe —dijo con tono seco—. Y ese uniforme ya no se usa.
Elías no discutió. No alzó la voz. No suplicó. Se cuadró en posición de firmes justo en el límite de la banqueta pública, con la espalda recta y la mirada fija en el toldo blanco donde se celebraba el funeral del General Patricio Villalobos. Dentro, todo era solemnidad: banderas ondeando despacio, banda militar afinando instrumentos, generales con el pecho lleno de medallas, políticos de traje oscuro, discursos ensayados. Nadie lo miraba. Y cuando alguno lo hacía, desviaba la vista con una mezcla incómoda de lástima y desprecio.
Un grupo de cadetes del Colegio Militar pasó cerca. Jóvenes, limpios, arrogantes. Uno de ellos soltó una carcajada.
—Miren al abuelo del asilo —dijo—. ¿Ese parche qué es? ¿Marca de tequila?
Las risas estallaron. Elías no respondió. Solo llevó la palma de la mano al hombro y cubrió el parche, como si protegiera algo vivo. Recordó a Margarita, su esposa, la noche en que, ya consumida por el cáncer, cosió ese nombre con manos temblorosas y una sonrisa cansada.
—Para que sepas que siempre te cuido la espalda, viejo necio —le había dicho.
Dentro del campo militar, el Himno Nacional comenzó a sonar. Elías se cuadró aún más, ignorando el dolor que subía desde el muñón. Su cuerpo reaccionaba solo. Había estado en funerales de compañeros enterrados sin honores, en panteones de tierra seca y cruces torcidas. Pero este era distinto. Patricio Villalobos había llegado a General de cuatro estrellas. Y Elías sabía algo que nadie bajo ese toldo sabía. Sabía cómo sonaba la voz de Patricio suplicando en la montaña, hace treinta y cuatro años: “No me dejes morir aquí solo, cabrón”.
Fue en la Sierra Madre, durante una operación que oficialmente nunca existió. Una emboscada. El pelotón rodeado. Patricio, entonces teniente, cayó herido con una bala en el muslo. Elías, cabo primero, lo cargó tres kilómetros cuesta arriba bajo fuego cruzado. En la huida, pisó una mina Claymore. El estallido lo lanzó por los aires. Despertó días después sin pierna. Patricio sobrevivió. Ascendió. Elías recibió una pensión miserable y el olvido.
Nunca pidió nada. Nunca tocó la puerta del General. Pero Margarita, antes de morir, le arrancó una promesa.
—Ve a despedirlo —le dijo—. Los rencores no caben en la tumba.
Por eso estaba ahí. Aunque fuera desde la banqueta.
Lo que nadie sabía era que ese viejo soldado guardaba una promesa de guerra… y que el propio General había dejado una última orden esperando su llegada.
Parte 2…
Desde dentro, un capitán joven observó la escena. Vio el rechazo en la puerta, escuchó las burlas, notó la firmeza silenciosa del anciano que se cuadraba con el Himno como si aún estuviera en formación. Reconoció algo que no se aprende en la academia. Corrió hacia la carpa principal.
—Mi General —dijo, interrumpiendo al General de División Cristóbal Durán—. Hay un veterano afuera. Le negaron el acceso. Dice que sirvió con Villalobos hace treinta y cuatro años. Le falta una pierna. Trae un parche que dice “Margarita”.
Durán dejó caer los papeles. El color se le fue del rostro.
—¿Nombre?
—No lo dijo. Pero se cuadró con el Himno como si aún estuviera en servicio.
Durán no dudó. Se colocó la gorra de plato y salió a grandes zancadas. La ceremonia se detuvo. Los murmullos crecieron. Al llegar a la reja, Elías ya se preparaba para irse.
—¡Sargento Rojas! —gritó Durán.
Elías se quedó inmóvil. Giró lentamente. Reconoció al hombre. En 1989, Durán era capitán de comunicaciones. Durán se cuadró y saludó militarmente. Elías respondió con una precisión que dolía.
—Descansen —ordenó Durán.
La reja se abrió. Durán salió a la calle pública y extendió la mano.
—Bienvenido a casa, Sargento.
Elías dudó.
—No quería ensuciarle el guante, mi General.
—Sería un honor.
Caminaron juntos. El sonido de la prótesis resonaba en el silencio. Los cadetes bajaron la mirada. El aplauso nació tímido y creció hasta envolverlo todo.
Frente al féretro, Durán habló en voz baja.
—El General Villalobos dejó instrucciones. Dijo que solo usted podía cargar sus cenizas.
Elías tomó la urna. La apretó contra el pecho, sobre el parche de Margarita. La banda tocó Silencio. Fusiles chocaron. Cuando colocó la urna, susurró:
—Misión cumplida, mi Teniente.
Después vinieron la carta, la herencia, la casa en San Jerónimo, el fideicomiso atrasado, la verdad enterrada de la operación encubierta. Elías no pidió venganza. Pidió memoria. Ascensos póstumos. Justicia silenciosa.
Meses después, plantó un ahuehuete en el jardín. Enterró el parche.
—Misión cumplida, vieja.
En la inauguración del memorial, ya con prótesis nueva, habló poco.
—El honor no está en las estrellas —dijo—. Está en cargar al que no puede caminar.
Y cuando el nieto del General lo abrazó, Elías entendió que, al final, la promesa seguía viva.
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