Mamá prometió que vendría a sᴀʟᴠᴀʀᴍᴇ… si yo me portaba bien

Pasaban un poco de las diez de la noche cuando el fuego estalló en la cocina de la casa de Manuel, en el barrio norte del pueblo.
La casa, de madera vieja y techo bajo de lámina, quedó envuelta en humo negro espeso en cuestión de minutos.

Su esposa, Rosa, trabajaba en el turno nocturno en una fábrica a más de un kilómetro.
El teléfono comenzó a vibrar sin parar.
Era su hija.
Lucía, de apenas 8 años, que estaba en casa con su abuela.

La voz de la niña temblaba al otro lado de la llamada:

—Mamá… hay mucho humo…
—Ya no veo a la abuelita…
—Tengo miedo…

Rosa palideció.
Arrojó todo sobre la mesa y salió corriendo, gritando mientras avanzaba:

—¡Lucía! Escúchame bien.
—Escóndete en un lugar bajo, no corras, no te muevas…
—¡Espérame! ¡Mamá ya va!

Del otro lado, el llanto de la niña se quebraba:

—Mamá…
—Estoy dentro del clóset…
—Afuera hay mucho humo…
—Tú dijiste que si yo me portaba bien…
—vendrías a rescatarme, ¿verdad…?

Rosa lloraba mientras gritaba desesperada:

—Sí, mi amor… eres muy valiente…
—Mamá ya va en camino…
—No tengas miedo… ¡no tengas miedo!

Los vecinos del barrio norte escucharon los gritos y salieron corriendo.
La casa ya estaba envuelta en llamas, el fuego se extendía hasta el techo de la casa vecina.
Los gritos de auxilio se mezclaban con el sonido de la sirena de los bomberos, primero lejana, luego cada vez más cercana.

Tardaron casi veinte minutos en llegar.

Todo el pueblo se unió para cargar agua, intentar romper puertas, pero el calor era brutal.
Rosa intentó lanzarse al interior, pero la sujetaron con fuerza.

Gritaba hasta quedarse sin voz:

—¡Mi hija está ahí dentro!
—¡Lucía! ¡Ábrele a mamá!

Cuando por fin el fuego fue controlado,
el equipo de rescate logró forzar la puerta chamuscada del pequeño cuarto.

En un rincón, un clóset de madera baja, ennegrecido por el humo,
estaba cerrado desde adentro.

Lo abrieron.

Dentro, Lucía estaba hecha un ovillo,
con ambas manos aún abrazando su teléfono encendido.

En la pantalla, un mensaje que nunca logró enviarse:

“Ya fui buena, mamá…
ven por mí…”

Rosa cayó de rodillas.
Gritó… pero no salió ningún sonido.

Los vecinos formaron un círculo en silencio.
Un bombero mayor se dio la vuelta,
las lágrimas rodaban por su rostro cubierto de ceniza y humo.

A la mañana siguiente, mientras limpiaban los restos calcinados,
alguien encontró el teléfono apagado, con la pantalla rota.
Nadie se atrevió a encenderlo.

Solo lo colocaron en las manos de Rosa…
como el último mensaje de una niña obediente, atrapada en el fuego.


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