
Quiero que imagines que caminas en la oscuridad absoluta, con la selva respirándote encima. No es una metáfora: la humedad te tapa la boca, el barro te chupa las botas, y cada hoja parece esconder una boca, un filo, una mirada. Es 20 de noviembre de 1967. Tierras Altas de Vietnam. Distrito rural de Đắk Tô. Son las 6:17 de la mañana y la Compañía H del segundo batallón del 503º de Infantería —paracaidistas del ejército de Estados Unidos— sube a tientas por la ladera empinada de una colina marcada con un número frío: 875.
Van a relevar a otra compañía. Esa es la palabra “limpia” del plan: relevo. Como si fuera un turno más. Como si la guerra respetara horarios.
A un metro de distancia apenas se ve nada. La oscuridad es tan densa que los hombres avanzan con la sensación de que el mundo se acabó y solo existe el sonido del equipo golpeando, la respiración cortada, y el crujido de ramas bajo los pies. Tropiezan una y otra vez con lo que parecen sacos esparcidos por el terreno. Sacos blandos. Pesados. Demasiado silenciosos.
Y entonces llega la primera luz del alba.
La jungla está quemada, los troncos están astillados por bombardeos, y el aire huele a pólvora vieja. Pero lo que convierte esa mañana en una escena dantesca no es el paisaje: es la verdad de esos “bultos”. No eran sacos. Eran cuerpos. Soldados estadounidenses muertos del día anterior, saqueados por sus atacantes. Botas arrancadas. Bolsillos vaciados. Como si, además de quitarles la vida, hubieran querido quitarles la identidad.
En ese instante, sin necesidad de discursos, un joven soldado entiende algo que no te enseñan en el entrenamiento: en esta guerra, la selva no solo te mata… también te borra.
Y sin embargo, la orden no cambia.
Hay que recuperar la colina 875.
Porque ese pedazo de tierra, en un mapa lejano, tenía un valor que parecía justificarlo todo.
Para entender por qué esos hombres estaban ahí, tienes que retroceder unos meses. Verano de 1967. El Ejército Popular de Vietnam (PAVN) empieza a incursionar con fuerza en la frontera de Đắk Tô, cerca de Camboya y Laos. No es un combate frontal. Es un goteo constante. Un filo que aparece y desaparece. Un enemigo que se mueve como si la selva lo pariera.
El general William Peers, responsable de la defensa en la zona, establece posiciones de bloqueo. Pero la infiltración no se puede frenar. Y hay un detalle que lo cambia todo: los norvietnamitas se pegan a pocos metros del enemigo. Se “abrazan” a los estadounidenses en distancia. ¿Por qué? Porque si estás demasiado cerca, el apoyo aéreo cercano y la artillería se vuelven un arma de doble filo. La potencia de fuego se limita. El cielo, de pronto, ya no es salvación: es peligro.
Los enfrentamientos se intensifican. Peers pide refuerzos. Arranca la Operación Greeley. Llegan elementos de la 4ª División de Infantería, batallones de la 173ª Brigada Aerotransportada, tropas sudvietnamitas. La jungla se convierte en un tablero de ajedrez donde cada paso cuesta sangre. La lucha dura hasta mediados de agosto. Luego, el enemigo parece retirarse.
Pero “parece” es una palabra traicionera en Vietnam.
A principios de octubre, inteligencia estadounidense informa que regimientos norvietnamitas se están moviendo para unirse a unidades escondidas en Kon Tum. Se activa la Operación MacArthur. Se despliegan alrededor de 16.000 hombres. Quince baterías de artillería. Apoyo aéreo táctico. Una potencia de fuego inmensa.
Del otro lado: cuatro regimientos norvietnamitas, cerca de 7.000 hombres. Menos número. Más terreno. Más paciencia. Más voluntad de desgaste.
Porque esa era la jugada de Hanoi: atraer tropas hacia la frontera, alejarlas de los centros poblados, y dejar espacio para que el Viet Cong recuperara control sobre la población civil. Una guerra que no buscaba solo ganar colinas, sino dominar el pulso de la gente.
Y en el centro de todo, como un imán de muerte, aparece la colina 875.
El valle está cubierto por una selva de triple dosel: árboles gruesos, copas a 30 metros del suelo, enredaderas que te agarran como manos, espinas, serpientes, sanguijuelas, mosquitos que no te dejan olvidar que estás vivo. El terreno es brutal: crestas de piedra caliza, pendientes que rompen piernas, visibilidad mínima. Allí, cada metro se gana como si fuera un país.
El combate comienza el 3 de noviembre y se vuelve una carnicería lenta. La pelea por la colina 875 durará 110 horas de infierno concentrado, pero la batalla en la zona se extenderá 33 días. Es el tipo de guerra donde no hay grandes avances, solo pequeñas pérdidas.
En la mañana del primer intento serio por asegurar la colina, tres compañías estadounidenses —unos 330 hombres— caen en una emboscada. El PAVN había cavado trincheras, nidos de ametralladoras, posiciones camufladas. No disparan desde lejos: disparan desde cerca, desde el verde, desde la nada.
En medio del caos, un soldado de primera clase, Carlos Lozada, ocupa el puesto de retaguardia con una ametralladora M-60. Sabe que si él cae, la retirada se convierte en masacre. Y aguanta. Cubre la retirada con fuego sostenido hasta que lo acribillan. Muere, pero su obstinación salva vidas. En Vietnam, a veces el heroísmo no es avanzar: es quedarse cuando todos deben irse.
Pero ese día no solo hubo fuego enemigo.
A las 18:58 ocurre uno de los peores episodios de fuego amigo de toda la guerra. Un A-4 Skyhawk lanza dos bombas Mark 81 Snake Eye, de 225 kilos, sobre una zona donde estaban los grupos de mando combinados y las instalaciones médicas. No era el lugar del enemigo. Era el lugar donde los hombres intentaban salvar a otros hombres.
La explosión no distingue rangos ni plegarias. Mata a 42 de inmediato. Hiere a 45 más. Entre ellos, el comandante en escena, el capitán Harold Kaufman. Imagínate sobrevivir a una emboscada, a la selva, a los morteros… y que tu propio cielo te caiga encima.
Esa noche, los gritos no se apagan. Y cuando llega el relevo —la Compañía H y los otros hombres que avanzaban tropezando con “bultos”— el terreno les muestra lo que se paga por cada orden.
La mañana siguiente, tres compañías son elegidas para relevar a los hombres atrapados en 875. Pero el enemigo no los deja pasar. Francotiradores, morteros, fuego desde posiciones invisibles. El camino de socorro tarda hasta el anochecer. Llegan tarde. Llegan cansados. Llegan con la imagen de los muertos pegada en la garganta.
El 21 de noviembre por la tarde, ambos batallones se movilizan para tomar la cima. El combate se vuelve cuerpo a cuerpo. Los paracaidistas llegan a la línea de trincheras norvietnamitas. Ven sus agujeros, su barro, su proximidad. Están tan cerca que pueden oler al otro. Pero cae la noche y llega la orden amarga: retirarse. No porque no puedan, sino porque el caos nocturno en esa selva es una ruleta rusa.
En menos de 12 horas, al día siguiente, se lanza un nuevo asalto con artillería pesada y ataques aéreos barriendo la colina. El 23 de noviembre se ordena reanudar el ataque final. Suben. Llegan. Y entonces descubren algo inquietante: el enemigo se ha ido.
No hay victoria triunfal, no hay bandera clavada con música. Solo silencio. Unas pocas docenas de cuerpos carbonizados. Trincheras vacías. La sensación de que la colina no fue conquistada: fue abandonada cuando ya había cumplido su propósito.
Porque a veces el objetivo del enemigo no es quedarse. Es desgastarte. Hacerte pagar por cada metro hasta que tú mismo empieces a preguntarte por qué sigues ahí.
Cuando la batalla termina, los números pesan como piedras: 432 muertos, 1.770 heridos, 33 desaparecidos en las fuerzas aliadas. Las pérdidas norvietnamitas fueron aproximadamente cuatro veces mayores, dicen los reportes, pero en Vietnam los números no siempre cuentan la historia completa. Una cifra no mide el miedo, ni la culpa, ni el vacío que queda en una compañía cuando falta un nombre en la lista.
En un sentido estrictamente militar, Đắk Tô fue una victoria aliada. Tomaron terreno, infligieron bajas mayores, forzaron al enemigo a retirarse. Pero la guerra no se decide solo en mapas. Se decide en la mente de un país.
Y aquí viene el giro silencioso, el que hace que esta historia duela más: aunque la ofensiva del Tet en 1968 fue un fracaso militar para las fuerzas comunistas, demostró que la victoria estadounidense no estaba cerca. La ciudadanía en casa comenzó a quebrarse. El apoyo público se erosionó. Y el gobierno, tarde o temprano, terminó negociando.
Entonces, ¿quién ganó de verdad en la colina 875?
Si lo miras con frialdad, puedes decir: “Estados Unidos”. Tomó la cima. El enemigo se fue. Pero si lo miras como lo miraron los hombres que tropezaron con cadáveres al amanecer, la respuesta se vuelve amarga: en Vietnam, incluso cuando ganas, pierdes algo.
Pierdes la certeza. Pierdes la fe en que el sacrificio tiene un sentido claro. Pierdes la idea de que la potencia de fuego garantiza la victoria. Y, sobre todo, pierdes la inocencia de creer que la guerra es una línea recta hacia un final feliz.
Porque esa es la esencia surrealista de Vietnam: una jungla tan espesa que parece un sueño, y una guerra tan larga que parece no tener salida.
Hoy te dejo con esta imagen: la colina 875, al amanecer, con el humo todavía suspendido entre los árboles y los soldados caminando entre “bultos” que ya no tienen nombre. Un lugar que para algunos fue una victoria… y para otros fue el momento exacto en que entendieron que esta guerra se iba a comer a todos, incluso a los que sobrevivieran.
Y ahora dime tú: ¿crees que para Estados Unidos la guerra de Vietnam estaba perdida antes de empezar? ¿O crees que batallas como Đắk Tô demostraron que podían ganar… pero no sabían qué significaba ganar? Déjamelo en los comentarios.
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