LOS CAZADORES ME DISPARARON POR INTENTAR SALVAR A UNA CRÍA DE ELEFANTE Y ME DEJARON DESANGRÁNDOME EN LA SELVA; ENTONCES APARECIÓ EL GORILA QUE HABÍA PERDIDO A TODA SU FAMILIA POR CULPA DE LOS HUMANOS
Cuando el gorila salió de entre los árboles, yo ya había aceptado que iba a morir.
Tenía un balazo en el hombro.
La radio estaba destrozada.
Los hombres que me habían disparado se habían marchado hacía horas.
Y frente a mí estaba Bako, un espalda plateada gigantesco que tenía más razones para odiar a los humanos que cualquier animal que hubiera conocido.
Lo vi acercarse.
No podía levantar mi arma.
Ni siquiera podía arrastrarme.
Y cuando quedó a pocos pasos de mi cuerpo, comprendí algo terrible:
si Bako decidía terminar lo que aquellos hombres habían empezado, nadie podría culparlo.
Me llamo Mateo Rivas.
Durante diecisiete años trabajé como guardafauna en el Santuario Selva del Cielo, una enorme reserva de fauna africana rescatada instalada en una región selvática de Chiapas.
Llegaban animales decomisados a traficantes, circos clandestinos y colecciones privadas.
Leones.
Elefantes.
Primates.
Animales nacidos a miles de kilómetros de México que, por culpa de las personas, ya no podían regresar al lugar al que pertenecían.
Bako era uno de ellos.
Un gorila viejo, enorme y solitario.
Cuando llegó al santuario, años antes, traía cicatrices de trampas metálicas en las piernas y una marca de bala sobre el pecho.
Su historia era peor.
Los traficantes que lo habían capturado cuando era joven habían matado a varios miembros de su grupo.
Después pasó años encerrado.
Cuando finalmente fue rescatado, no atacaba a los cuidadores.
Simplemente los ignoraba.
Para Bako, nosotros no éramos amigos.
Éramos una especie de la que convenía mantenerse lejos.
Yo respetaba aquello.
Jamás intenté tocarlo.
Nunca le ofrecí comida con la mano.
Lo veía algunas veces durante las patrullas y continuaba mi camino.
Hasta aquella mañana.
Había llovido durante la noche.
La selva olía a tierra mojada.
Mientras recorría una zona poco transitada encontré tres huellas humanas sobre el lodo.
No eran de nuestro personal.
Las botas habían entrado desde un sector restringido.
Me arrodillé.
Una huella era reciente.
Sentí ese cansancio que llega antes que el miedo.
Porque ya sabía lo que significaba.
Cazadores.
Avisé por radio que revisaría el sector y seguí el rastro.
Apenas veinte minutos después escuché un sonido.
Un chillido corto.
Agudo.
Repetido.
Elefante.
Pero no uno adulto.
Una cría.
Aceleré.
Cuando aparté unas ramas vi a tres hombres.
Habían atrapado a una pequeña elefanta entre cuerdas.
La pobre resbalaba sobre el lodo tratando de retroceder.
No había adultos cerca.
Su manada debía haberse dispersado por el ruido.
Uno de los hombres intentaba sujetarle las patas.
Otro preparaba más cuerda.
Salí de mi escondite.
—¡Alto!
Los tres giraron.
Levanté mi rifle, pero mantuve el cañón bajo.
—Suéltenla y váyanse.
El hombre más cercano sonrió.
—No se meta, jefe.
—Ésta es una reserva protegida.
—Entonces protéjala desde allá.
Repetí que podían marcharse.
Que todavía tenían la oportunidad de irse sin empeorar las cosas.
El tercero llevó la mano hacia su cintura.
Vi el metal.
Luego el movimiento de su dedo.
El disparo y el golpe parecieron ocurrir al mismo tiempo.
Sentí que alguien me había metido una barra de hierro ardiendo por el hombro.
Caí de rodillas.
Intenté levantar el rifle.
Otro mareo me tumbó.
Desde el suelo vi botas.
Escuché insultos.
Después pasos alejándose.
La cría seguía llorando a unos metros.
Quise llegar hasta ella.
No pude.
Los hombres desaparecieron entre los árboles.
Más tarde supe que el ruido de otros vehículos en una ruta cercana probablemente los había obligado a abandonar la zona antes de llevarse al animal.
En ese momento yo solo sabía una cosa:
estaba solo.
Mi radio se había roto al caer.
La sangre empapaba la camisa.
El brazo derecho ya casi no respondía.
Intenté caminar.
Me arrastré quizá dos metros.
El mundo empezó a girar.
Terminé apoyado contra un tronco.
Las horas siguientes existen en mi memoria como fotografías separadas.
El sol bajando.
Mosquitos.
La lengua seca.
Dolor.
Después frío.
Pensé en mi esposa, Adriana.
En mi hija Mariana.
Pensé en lo absurdo que sería que recibieran una llamada diciendo que me habían encontrado muerto por intentar impedir el secuestro de un animal que ni siquiera sabía mi nombre.
Cuando empezó a oscurecer, la selva cambió.
Primero dejaron de escucharse algunos pájaros.
Luego los insectos.
Después sentí movimiento.
Pesado.
Demasiado pesado para un jaguar.
Algo avanzaba entre los árboles.
No escondiéndose.
No dudando.
Bako apareció.
Lo reconocí inmediatamente por la cicatriz blanca sobre el pecho.
Se detuvo.
Sus ojos fueron de mi hombro ensangrentado al rifle caído.
Después volvieron a mi cara.
Recordé todo lo que sabía sobre él.
Las trampas.
Los disparos.
Su familia.
Los años de cautiverio.
Si existía un animal con motivos para ver a un hombre herido y simplemente dejar que la selva hiciera el resto, era él.
Bako avanzó.
Yo intenté levantar una mano.
No pude.
—Tranquilo… —murmuré.
No sé si hablaba con él o conmigo.
El gorila quedó frente a mí.
Podía escuchar su respiración.
Levantó uno de sus brazos.
Una mano enorme, capaz de romperme los huesos sin esfuerzo, quedó suspendida sobre mi cuerpo.
Cerré los ojos.
No tenía fuerza para defenderme.
Ni para huir.
Solo podía esperar.
Y durante aquel segundo interminable, el gorila que había perdido a su familia por culpa de hombres como los que acababan de dispararme tuvo que decidir si yo era simplemente otro humano… o algo distinto.
La mano de Bako no cayó con la violencia destructiva que yo esperaba. En lugar de eso, sus dedos enormes, ásperos y cargados de una fuerza brutal, rozaron apenas la tela empapada de mi camisa, justo al lado de la herida.
Abrí los ojos muy despacio. Bako me miraba directamente a las pupilas. En sus ojos café oscuro no había furia ni ansias de venganza; había una profunda, antigua y dolorosa comprensión. Él conocía ese olor. Conocía la sangre derramada por el plomo. Conocía el olor del miedo humano y del dolor que deja el cazador.
El gorila echó la cabeza hacia atrás y dejó salir un gruñido sordo, una vibración baja que retumbó en la tierra y en mi propio pecho. No era un rugido de ataque, era un lamento. Un eco del pasado que nos unía en ese instante.
A pocos metros, la pequeña elefanta, aún atada entre las cuerdas, dejó escapar un gemido débil. Tenía una pata lastimada por la tensión del cáñamo.
Bako giró la cabeza hacia el animalito. Avanzó dos pasos con su andar pesado sobre los nudillos y se detuvo junto a la cría. La elefanta tembló, asustada por la mole que se le acercaba, pero el espalda plateada no dudó. Con una precisión asombrosa, sujetó las cuerdas gruesas con sus manos monumentales y tiró de ellas. Las fibras de cáñamo cedieron con un chasquido seco. En segundos, la cría quedó libre.
El pequeño elefante no corrió. Se acercó tambaleante a mi lado y pegó su trompa a mi rostro, echándome un soplo de aire tibio sobre la mejilla, como velando mi agonía.
Bako regresó hacia mí. Se sentó sobre el lodo, pegado a mi costado derecho, bloqueando el viento helado de la noche con su enorme cuerpo. Pegó su espalda contra el tronco donde yo descansaba, ofreciéndome su calor corporal. Extendió su mano y la dejó caer suavemente sobre mi muslo.
Esa noche no estuve solo.
Un hombre herido por humanos, salvado por el animal que los humanos más habían lastimado, y protegido por una cría que no entendía de odio. En mitad de la selva de Chiapas, el dolor nos hizo iguales.
Al amanecer, el sonido de los motores de la patrulla de rescate rompió el silencio de la selva. Adriana, mi esposa, lideraba el equipo junto a los veterinarios del santuario. Habían rastreado mi posición toda la noche.
Cuando las linternas y los guardias armados abrieron paso entre los matorrales, se quedaron paralizados.
La escena parecía irreal: yo estaba inconsciente pero vivo, recostado contra el pecho de Bako. La pequeña elefanta dormía acurrucada junto a mis piernas. Al ver a los guardias, el gorila no se mostró agresivo; simplemente se puso de pie con lentitud, me miró por última vez a los ojos y retrocedió despacio hacia la espesura de los árboles, perdiéndose en la verde inmensidad de la reserva.
Me llevaron de urgencia al hospital. La bala rozó la arteria, pero sobreviví. Los tres cazadores fueron arrestados dos días después en la frontera; la policía encontró el rastro de la camioneta gracias al aviso de la patrulla que me buscaba.
Seis meses después, volví a patrullar la Selva del Cielo.
Mi hombro conserva una cicatriz gruesa y deforme. Pero cada vez que la miro, no recuerdo el dolor del disparo ni el rostro del hombre que jaló el gatillo. Recuerdo el peso de la mano de Bako y la tibieza de su cuerpo protegiéndome de la muerte.
A veces, cuando recorro el sector norte de la reserva, veo a lo lejos una figura gigantesca recortada contra el tragaluz del dosel forestal. Bako no se acerca. Nunca lo hace. Pero se queda inmóvil unos segundos, mirándome, antes de regresar a la selva profunda.
Reflexión del escritor:
A menudo juzgamos la naturaleza bajo nuestras propias reglas de rencor y venganza. Creemos que el daño recibido justifica infligir el mismo sufrimiento a los demás. Sin embargo, este relato nos recuerda que la verdadera nobleza no reside en la capacidad de devolver el golpe, sino en la grandeza de sanar y proteger, incluso a aquellos que se parecen a quienes nos rompieron.
La compasión no es una debilidad humana; es un lenguaje universal que supera las especies. Si un animal que lo perdió todo a manos del hombre fue capaz de perdonar y tender la mano en la oscuridad, nosotros, como seres humanos, no tenemos excusa para no elegir la empatía cada día de nuestras vidas.
© 2026 confesioneslatinas.net
El contenido de este sitio web está protegido por derechos de autor. Por favor, cite la fuente al copiar.