¡156 ABANDONAN el CJNG! Deserción Masiva en GUANAJUATO: Dejan Armas y Huyen “El Mencho Está Muerto”

 

A las 9:34 de la mañana del 24 de febrero de 2026, el soldado que sostenía los binoculares en la colonia residencial de León sintió algo que no era exactamente alivio, ni exactamente miedo. Era otra cosa: una anomalía. En esa casa —una de tantas que desde afuera parecían normales— siempre había señales mínimas de vida: una cortina que se movía, una sombra en la azotea, un portazo a destiempo, una camioneta que entraba y salía como si el día fuera una carretera privada. Pero desde las once de la noche anterior, nada. Un silencio tan limpio que parecía falso.

El sol golpeaba el concreto y, sin embargo, ese silencio olía a madrugada. Olía a gente que salió deprisa, pero con la cabeza fría. Olía a decisión.

El comandante de la patrulla no se confió. En Guanajuato nadie se confía. Se comunicó por radio, pidió autorización, formaron perímetro. Llegaron con la expectativa de siempre: que del otro lado hubiera una emboscada, que una puerta fuera una trampa, que el aire mismo escondiera un disparo. Llamaron por megáfono. Ordenaron salir. Esperaron veinte minutos. Nada. Ni un paso. Ni un susurro. Ni el ladrido de un perro.

—Entramos —dijo el comandante al final, con esa voz de quien sabe que cruzar una puerta puede ser cruzar una vida.

La puerta cayó con el ariete, y lo que encontraron no fue fuego enemigo.

Fue abandono.

Una sala con una mesa grande y, encima, fusiles acomodados con un orden casi ceremonial. No tirados. No escondidos. Acomodados. Como quien deja las llaves de la casa antes de irse para siempre. En la cocina, el refrigerador aún frío, comida fresca, tortillas envueltas, carne en un recipiente de plástico. Platos sucios en el fregadero, como si alguien hubiera cenado con prisa y luego hubiera dicho: “ya”. En el segundo piso, camas sin hacer, literas alineadas, ropa civil mezclada con ropa táctica. En un clóset, un par de botas limpias junto a unos tenis gastados, como si una persona hubiera intentado recordar cómo se camina siendo “normal”. En la cochera, dos camionetas con llaves puestas en el contacto y tanques llenos, listas para una salida que nunca fue combate.

Y en la pared, escrito con marcador negro, letras grandes, sin poesía:

NOS VAMOS. EL MENCHO ESTÁ MUERTO. ESTO TERMINÓ.

El comandante sintió un frío absurdo en la nuca. Porque él había visto casas reventadas, laboratorios, fosas, armamento escondido bajo piso, mensajes de amenaza. Pero esto era distinto. Esto no era una huida por persecución inmediata. Era una renuncia.

Transmitió lo esencial:

—Casa objetivo vacía. Cero ocupantes. Armas y vehículos abandonados. Evidencia de evacuación reciente. Solicito instrucciones.

La respuesta fue la prudencia: asegurar, no tocar nada, esperar peritos. Evaluar si era aislado o si era el inicio de algo más grande. En la guerra real, lo raro nunca se trata como anécdota. Se trata como señal.

Ocho horas después, la palabra “señal” se quedó corta.

Llegaron reportes idénticos desde otras once ubicaciones en León y Celaya. Casas marcadas por inteligencia, puntos vigilados por meses, “nidos” donde el CJNG sostenía músculo operativo en un estado que llevaba años respirando violencia. Y una por una aparecían igual: vacías de gente, llenas de pruebas. Armas en mesas, camionetas con llaves, mochilas a medio empacar, comida sin terminar, ropa en armarios, computadoras encendidas o apagadas a medias. Y, en varias paredes, frases distintas con el mismo corazón:

SE ACABÓ. EL JEFE MURIÓ.
YA NO TIENE SENTIDO.
PREFERIMOS IRNOS.
NO QUEREMOS MORIR POR ESTO.

Cuando cayó la tarde del 24, el inventario preliminar ya parecía una lista imposible: 12 casas de seguridad abandonadas, 234 armas dejadas como si fueran muebles, 18 camionetas con llaves, dinero en efectivo olvidado o dejado a propósito, y —lo más difícil de asimilar— una ausencia calculada de 156 operadores que, según los cálculos, habitaban esas casas.

Ciento cincuenta y seis personas no “capturadas”. No “abatidas”. No “rendidas”. Simplemente desaparecidas.

Y en México, donde 130 millones de vidas se mezclan en el ruido diario, desaparecer no siempre es un misterio. A veces es una estrategia: cambiar de cara, de rutina, de nombre. Ser uno más en la construcción. Uno más en un campo agrícola. Uno más detrás de un mostrador. Ser nadie, con la esperanza de que “nadie” sea, por primera vez, una forma de vivir.

Lo que el ejército vio en esas casas durante el rastrillaje de 36 horas no era solo evidencia. Era una radiografía del colapso psicológico. Porque si el 22 de febrero se confirmó la muerte de El Mencho en un operativo federal en Jalisco, el impacto no se quedó en la noticia: se metió como veneno en las células.

Durante años, la organización había vendido una idea simple: lealtad absoluta. Una estructura casi militar sostenida por miedo, dinero y un líder que funcionaba como centro de gravedad. Pero cuando el centro se rompe, todo lo que parecía firme revela su material real: no ideología, sino supervivencia.

En una de las casas más grandes de León, los peritos encontraron mapas de Guanajuato con marcas de rutas, territorios, puntos rojos donde “se calentaba” la plaza. Encontraron cuadernos con registros manuscritos: fechas, objetivos, resultados, listas. Todo metódico. Todo de una organización que funcionaba como máquina. Pero junto a esa frialdad, había otra cosa que no encajaba con la narrativa del monstruo: fotografías familiares pegadas sobre literas. Una madre con sonrisa cansada. Un niño con uniforme escolar. Una mujer embarazada abrazando a un hombre que no estaba en la foto porque era quien dormía en esa litera.

En una pared, un mensaje más largo, como si alguien hubiera querido dejar algo más que una orden:

“Hermanos, si lees esto es porque ya nos fuimos. Vimos lo del rancho. Vimos las rendiciones. No queremos morir ni ir a prisión. Elegimos intentar otra vida. Si puedes, haz lo mismo. Buena suerte.”

Era un texto sin arrepentimiento moral, pero con algo parecido a humanidad: la confesión de que la muerte ya no parecía “gloria”, sino estupidez. Y que la prisión ya no parecía “honor”, sino final. Y que la tercera opción —la que antes era impensable— se había vuelto posible: irse.

¿Por qué dejar armas? ¿Por qué no venderlas? ¿Por qué abandonar vehículos, dinero, equipo? Los analistas lo interpretaron como la decisión más pragmática: salir ligero, sin cargar evidencia que te hunda en un retén. No llamar la atención. No parecer quien eres. Porque en el momento en que decides volverte civil, la mayor amenaza no es un enemigo: es tu pasado pegado a tus manos.

Las casas mostraban que la evacuación no fue caótica. Fue rápida, sí, pero ordenada. Sucedió entre las diez de la noche y las dos de la mañana, según cámaras vecinales, testimonios de residentes, movimiento de vehículos. Y lo más extraño: no había señales de conflicto interno. Nadie obligado. Nadie arrastrado. Ninguna sangre. Ningún disparo. Parecía, por imposible que sonara, un acuerdo silencioso: “ya”.

En Celaya, en otra casa, hallaron mochilas con ropa civil y documentos. Alguien había borrado datos de algunas computadoras, pero no de todas. Como si el tiempo no alcanzara. Como si la urgencia fuera salir antes de que el miedo cambiara de bando. Como si la decisión hubiera tenido ventana corta: cuando un sistema se rompe, o te vas con él o te hundes con él.

La gran pregunta se volvió obsesión: ¿dónde están los 156?

Durante semanas, se revisaron centrales camioneras, hoteles baratos, casas de renta, rutas hacia el sur, flujos migratorios hacia el norte. Se entrevistaron familiares de algunos identificados por objetos personales. Y lo que apareció fue una evidencia fragmentada y, justamente por eso, inquietante: dispersión total. Unos vistos en Chiapas y Oaxaca trabajando en campos. Otros mezclándose en rutas hacia Estados Unidos. Algunos regresando a comunidades rurales donde el silencio protege, donde el pasado se guarda bajo la mesa y la gente prefiere un “retirado” a un “activo”.

Pero la mayoría, simplemente, se disolvió. Porque México es enorme, la economía informal es un océano, y si alguien acepta vivir sin nombre, sin orgullo, sin “historia”, puede convertirse en un rostro más en la multitud.

El efecto en Guanajuato fue inmediato. Sin el músculo operativo, la violencia bajó. No por victoria militar perfecta. No por una rendición formal. Por vacío. Por abandono. Por gente que dejó de pelear. Y aunque otros grupos intentaron llenar el hueco, se encontraron con algo incómodo: sin una guerra directa contra el CJNG en esas plazas, la “ganancia” de la violencia era menor de lo que creían. La plaza ya no era el mismo tablero.

Para el CJNG nacional, lo de Guanajuato fue un mensaje peor que un decomiso: si 156 operadores pueden decidir irse de un día a otro, ¿qué impide que pase en otros estados? En los días siguientes se reportaron deserciones más pequeñas: cinco, diez, quince. No del mismo tamaño, pero del mismo espíritu. La organización no solo perdía gente por balas o capturas: empezaba a perderlos por decisión.

Eso revela una verdad que incomoda a todos: la “lealtad” en el crimen muchas veces no es fanatismo. Es empleo. Es miedo. Es falta de opciones. Y cuando el líder cae y el futuro se vuelve más oscuro que el presente, muchos eligen lo único que les queda para seguir respirando: ser nadie.

En una de las casas, sobre una mesa, había un plato con frijoles ya secos, como si alguien hubiera dejado la cena al escuchar una llamada. En otra, una cama sin hacer, con la cobija a medias, como si el sueño se hubiera ido primero. Y en una pared, la frase que resumía todo sin dramatismo:

ESTO TERMINÓ.

Nadie sabe cuántos de esos 156 lograrán mantenerse “retirados”. Nadie sabe cuántos podrán vivir sin que el pasado les alcance por la espalda. Nadie sabe cuántos fueron realmente peones forzados y cuántos fueron verdugos convencidos. Pero lo que sí quedó claro, en esas casas vacías con armas abandonadas, es que hay derrotas que no ocurren en un tiroteo.

A veces la derrota es psicológica.

A veces la derrota es interna.

A veces, el fin de una estructura no lo anuncia una captura… sino una pared escrita con marcador, en letras grandes, como un último acto de sinceridad:

NOS VAMOS.

 


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