
EL JEFE APACHE ME OFRECIÓ A SU HIJA EN MATRIMONIO… PERO NINGÚN GUERRERO DEL CAMPAMENTO SE HABÍA ATREVIDO A CASARSE CON ELLA
LA MUJER BAJO LA MANTA
El jefe apache me dijo que podía pagar una vida con un matrimonio.
A la mañana siguiente estaba de pie frente a una mujer cubierta por una manta, rodeado de guerreros que evitaban mirarme a los ojos.
Ninguno de ellos había querido casarse con ella.
Así que imaginé lo peor.
Cicatrices.
Una enfermedad.
Algún secreto terrible.
Entonces la manta cayó de sus hombros.
Y olvidé lo que había pensado decir.
Pero para explicar cómo terminé allí, tengo que regresar al día anterior.
Yo me llamo Mateo Molina.
En aquel tiempo tenía treinta años, veinte cabezas de ganado, un rancho que apenas sobrevivía y más orgullo que dinero.
Vivía cerca de la sierra, en una región donde la tierra podía darte suficiente para continuar respirando, pero rara vez suficiente para sentirte seguro.
El sol de Sonora no perdonaba.
Tampoco la sequía.
Aquella tarde llevaba horas cabalgando sobre Lucero, mi caballo, cuando escuché algo entre las piedras de un cañón.
Al principio pensé que era un animal.
Luego volvió a sonar.
Un llanto.
Detuve a Lucero.
—Quieto.
Escuché.
Otra vez.
Bajé y caminé entre las rocas.
La encontré tendida en la arena.
Era una niña.
Ocho años, quizá menos.
Tenía los labios blancos y partidos por la deshidratación. Las manos le temblaban mientras intentaba arrastrarse hacia la sombra estrecha de una roca.
Cuando me vio, retrocedió.
No había fuerzas en su cuerpo, pero sí miedo en los ojos.
Me arrodillé a varios pasos.
Saqué mi cantimplora.
—No voy a hacerte daño.
No entendió mis palabras.
Eso era evidente.
Pero entendió el agua.
Dejé la cantimplora sobre la arena y retrocedí.
La niña miró el recipiente.
Después a mí.
Gateó.
Lo tomó.
Bebió desesperadamente.
—Despacio.
No me hizo caso.
Yo debía haberla detenido.
En ese país, un hombre aprende desde joven que el agua vale más que casi cualquier cosa que carga.
Me quedaba poco.
Todavía tenía horas de viaje.
La dejé beber.
Cuando finalmente bajó la cantimplora, tenía lágrimas mezcladas con polvo en las mejillas.
—¿Cómo te llamas?
Nada.
Señalé mi pecho.
—Mateo.
Ella me observó.
Se tocó el suyo.
—Tala.
—Tala.
Asintió.
Entonces el cielo cambió.
En el oeste apareció una pared roja.
Polvo.
Una tormenta enorme descendía por el valle.
Miré a Tala.
Miré a Lucero.
—Perfecto.
La niña apenas podía mantenerse sentada.
La cargué.
Pesaba muy poco.
Demasiado poco.
Agarré las riendas y corrí hacia una formación de piedra donde había visto un saliente.
El viento llegó primero.
Después la arena.
Golpeaba como agujas.
Metí a Tala debajo de la roca, envolví mi chaqueta alrededor de ella y utilicé mi cuerpo para cubrir el resto.
Lucero se apretó contra la pared de piedra.
Durante casi una hora no existió nada más que viento.
Polvo.
El latido de mi corazón.
Y una niña desconocida aferrándose a mi camisa.
Cuando la tormenta terminó, el mundo parecía haber sido borrado y dibujado otra vez.
Tala dijo algo rápidamente.
No entendí.
Señaló las montañas.
—¿Tu familia?
Asintió.
Subimos a una elevación.
A lo lejos vi una columna fina de humo.
—¿Ahí?
Los ojos de Tala cambiaron.
Asintió con fuerza.
La subí a Lucero.
Yo caminé junto al caballo.
Llegamos cuando el sol empezaba a caer.
El campamento quedó completamente en silencio.
Nunca había visto tanta gente dejar de moverse al mismo tiempo.
Dos guerreros aparecieron primero.
Después cuatro.
Manos cerca de armas.
Me detuve.
—No busco problemas.
Tala gritó algo.
El efecto fue inmediato.
Mujeres corrieron hacia ella.
Una anciana la bajó de Lucero y comenzó a llorar mientras le tocaba el rostro, los brazos y el cabello como si necesitara comprobar que era real.
Los guerreros dejaron de mirarme como enemigo.
No exactamente como amigo.
Pero al menos ya no como alguien que debía morir.
Entonces apareció Chaska.
Era un hombre mayor, ancho de hombros, con cabello gris entremezclado con negro. Caminaba despacio, pero el campamento parecía abrirse para él sin que tuviera que pedirlo.
Se acercó a Tala.
La niña corrió hacia él.
Chaska la abrazó.
Cuando levantó los ojos hacia mí, había algo peligroso y agradecido en su rostro al mismo tiempo.
—Hablo español —dijo.
—Eso facilita las cosas.
Casi sonrió.
—Soy Chaska.
Puso una mano sobre la cabeza de la niña.
—Ella es Tala. Mi nieta.
Dentro de su tienda le conté todo.
El cañón.
La falta de agua.
La tormenta.
El humo.
Chaska escuchó sin interrumpirme.
Cuando terminé, preguntó:
—¿Cuánta agua te quedaba?
—Suficiente.
Me miró.
Sabía que mentía.
—Tala dice que le diste casi toda.
—Era una niña.
—Y tú estabas en el desierto.
No respondí.
Chaska bajó la cabeza durante unos segundos.
Después dijo:
—La sangre de mi sangre vive porque tú la encontraste.
—Tuve suerte.
—No.
Me miró.
—La suerte la encontró. Tú decidiste salvarla.
—No necesito pago.
Algo cambió en sus ojos.
—Una deuda así no puede quedar abierta.
—Entonces considera que no hay deuda.
—Eso lo puedes decidir sobre el dinero.
Se inclinó ligeramente.
—No sobre el honor.
Yo ya estaba empezando a comprender que aquella conversación iba hacia un lugar extraño.
Chaska se quedó pensando.
Después dijo:
—Tengo una hija.
Esperé.
—Se llama Naira.
—Bien.
—Tiene poco más de veinte años. Es fuerte. Sana. Inteligente.
Lo miré.
—¿Por qué me estás contando esto?
Chaska hizo una pausa demasiado larga.
—Ningún guerrero aquí quiere casarse con ella.
Ahí fue cuando mi cerebro comenzó a imaginar cosas.
—¿Por qué?
No respondió.
—Chaska.
—Puedes rechazar la propuesta.
—No sé cuál es la propuesta todavía.
Ahora sí sonrió.
—Sabes perfectamente cuál es.
Me levanté.
—No puedes estar hablando en serio.
—Muy en serio.
—Salvé a tu nieta. No vine a comprar una esposa.
El rostro de Chaska se endureció.
—Y mi hija no es mercancía.
—Entonces estamos de acuerdo.
—El matrimonio sería una unión entre familias. Una forma de cerrar la deuda.
—¿Ella quiere?
Ésa fue la primera vez que pareció sorprendido por algo que dije.
Sólo un instante.
Después respondió:
—Mi hija siempre dice lo que quiere.
No supe si aquello debía tranquilizarme.
—¿Y si digo que no?
—Entonces te vas mañana y no vuelves a atravesar estas tierras.
—¿Eso es una amenaza?
—No.
Su voz permaneció tranquila.
—Es honor. No puedo mantener una deuda abierta con un hombre que rechaza toda forma de cerrarla.
Pensé en mi rancho.
La ruta a través de aquellas tierras me ahorraba casi tres días cuando tenía que mover ganado o buscar suministros.
Perderla me perjudicaría.
Pero aquello no era motivo para casarme.
Después pensé en Tala.
En su mano pequeña agarrando mi camisa durante la tormenta.
Y luego apareció otra pregunta.
¿Qué clase de mujer hacía que un campamento entero cambiara de expresión cuando pronunciaban su nombre?
—Quiero verla.
Chaska negó.
—Al amanecer.
—¿Ni siquiera puedo hablar con ella antes?
—Al amanecer.
—¿Y esperas que acepte sin verla?
—No.
Me sostuvo la mirada.
—Espero que decidas qué pesa más para ti: lo que ves o la palabra que das.
No dormí casi nada.
Al amanecer todo el campamento estaba reunido.
Eso me preocupó más.
Dos ancianas avanzaron acompañando a una figura envuelta en una manta tejida con colores brillantes.
Era alta.
Eso fue lo primero que noté.
Caminaba sin ayuda.
Así que probablemente no estaba enferma.
Nadie sonreía.
Un guerrero joven apartó la mirada cuando pasé junto a él.
Otro parecía contener una risa.
Mi estómago se cerró.
Tal vez tenía cicatrices terribles.
Tal vez había algo que no podía ver.
Las ancianas se detuvieron.
Chaska apareció al lado de la figura.
—Mateo Molina.
Me acerqué.
La mujer levantó ligeramente la cabeza.
No podía ver su rostro.
—Ella es Naira.
La manta resbaló de sus hombros.
Y olvidé respirar.
Su cabello negro le caía casi hasta la cintura.
Su piel tenía el tono cálido de alguien acostumbrado al sol.
Sus ojos eran oscuros, pero cuando la luz los tocaba parecían miel.
No estaba desfigurada.
No estaba enferma.
Era, sin exagerar, la mujer más hermosa que había visto.
Y eso empeoró el misterio.
Porque nadie alrededor parecía sorprendido por mi reacción.
Naira me miró directamente.
No bajó los ojos.
No sonrió.
No parecía agradecida.
Tampoco asustada.
Me estudió como una persona que intenta decidir si el hombre frente a ella es peligroso…
o simplemente idiota.
Finalmente habló en español.
—Así que tú eres el hombre que aceptó casarse conmigo sin conocerme.
Su voz era tranquila.
—Parece que sí.
Alguien detrás de nosotros soltó una risa.
Naira giró apenas la cabeza.
La risa murió.
Luego volvió a mirarme.
—Entonces eres más valiente de lo que pareces.
Hizo una pausa.
—O mucho más tonto.
Y en ese momento comprendí algo.
El misterio nunca había sido qué estaba mal con Naira.
El misterio era qué habían descubierto todos los hombres del campamento que los hacía retroceder.
Y yo acababa de prometer convertirme en su esposo.
—
NAIRA ME EXPLICÓ POR QUÉ LOS HOMBRES DEJABAN DE SONREÍR
La ceremonia no ocurrió aquella mañana.
Eso fue lo primero que Naira decidió.
—No me voy a casar con un hombre antes de hablar con él.
Chaska apretó la mandíbula.
—Naira.
—Tú dijiste que podía hablar.
—Dije que siempre hablas.
—Entonces no veo el problema.
Varias personas intentaron ocultar sonrisas.
Yo empezaba a entender.
Chaska me miró, como esperando que me sintiera ofendido.
—Estoy de acuerdo con ella.
Naira arqueó una ceja.
—¿En serio?
—Preferiría saber si vas a intentar matarme antes de la ceremonia.
Por primera vez sonrió.
Fue rápido.
—Eso depende de la conversación.
Caminamos hacia una zona apartada del campamento.
Dos ancianas permanecieron a cierta distancia, probablemente para mantener las apariencias.
Naira se sentó sobre una piedra.
Yo permanecí de pie.
—Siéntate —dijo.
—¿Es una orden?
—Si fuera una orden, ya estarías sentado.
Me senté.
Ella me observó varios segundos.
—¿Por qué aceptaste?
—Tu padre me dijo que debía cerrar una deuda.
—Ésa es su razón.
—También necesito esa ruta.
—Esa sí es una razón honesta.
—Y tenía curiosidad.
—¿Sobre mí?
—Sobre por qué nadie quería casarse contigo.
Sus ojos se estrecharon.
—¿Y qué imaginaste?
—Enfermedad.
—No.
—Cicatrices.
—Tengo algunas.
—Todos tenemos.
—¿Locura?
—Probablemente.
Solté una risa.
Ella no.
—¿Eso era una broma? —pregunté.
—Todavía no lo decido.
Me incliné un poco.
—Entonces dime la verdad.
Naira miró hacia el campamento.
—Ellos no quieren una esposa como yo.
—Eso no responde nada.
—Responde todo.
—Explícamelo.
Tomó una pequeña piedra y la hizo rodar entre los dedos.
—El primero quiso que dejara de montar después de casarnos.
—¿Por qué?
—Dijo que una esposa no necesitaba recorrer las montañas sola.
—¿Y tú?
—Le pregunté si después de casarnos él dejaría de montar.
—Supongo que dijo que no.
—Entonces yo también.
Asentí.
—¿El segundo?
—Quería hablar de nuestra unión únicamente con mi padre.
—¿Contigo no?
—No hasta después.
—Eso parece poco práctico.
Naira me miró.
—Le dije lo mismo.
—¿Y el tercero?
Esta vez la expresión cambió.
—El tercero dijo que una mujer orgullosa aprende obediencia cuando tiene un marido fuerte.
Ya no sonreí.
—¿Qué hiciste?
—Le rompí el labio.
Parpadeé.
—¿Cómo?
—Él intentó sujetarme.
Naira encogió los hombros.
—Yo le expliqué mi opinión.
Ahora entendía por qué uno de los guerreros había apartado la mirada.
—¿Era él?
Naira miró por encima de mi hombro.
—El que tiene una cicatriz pequeña aquí.
Se señaló el labio.
No pude evitar reír.
—Eso no es gracioso.
—Un poco.
Ella luchó contra una sonrisa.
—Después de eso empezó la historia de que ningún hombre quería a Naira.
—Pero no parece exactamente cierto.
—Es más cómodo para ellos decir que me rechazaron.
Su voz se volvió fría.
—La otra versión sería admitir que ninguno consiguió que yo aceptara convertirme en menos de lo que soy.
Ahí estaba.
La verdad.
No un secreto oscuro.
No una maldición.
Orgullo.
Carácter.
Una mujer que hacía preguntas cuando los demás esperaban obediencia.
—¿Y tú quieres casarte? —pregunté.
Naira miró hacia Tala, que jugaba cerca de unas tiendas.
—Algún día.
—Eso no es lo que pregunté.
—No.
Me sostuvo la mirada.
—No quiero casarme porque mi padre siente que debe pagarte una deuda.
—Entonces no lo hagas.
Por primera vez perdió completamente la seguridad de su expresión.
—¿Qué?
—No te cases conmigo.
—Aceptaste.
—Yo acepté hablar de esto antes de saber quién eras.
—Mi padre lo considerará una deshonra.
—Entonces me iré.
—Perderás la ruta.
—Sí.
—Tu rancho está mal, ¿verdad?
La miré.
—¿Quién te dijo?
—Tala escuchó a los hombres hablar de tu caballo y tus herramientas. Además, tus botas necesitan otras suelas.
Bajé los ojos.
Tenía razón.
—Sobreviviré.
Naira guardó silencio.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Por qué rechazarías algo que te conviene?
Pensé unos segundos.
—Porque una deuda entre tu padre y yo no puede convertirse en una deuda tuya.
Naira dejó de jugar con la piedra.
La soltó.
—Los otros hombres hablaban primero de lo que recibirían.
—Yo también pensé en la ruta.
—Sí.
—No soy santo.
—Eso me tranquiliza.
Me levanté.
—Entonces está decidido.
—No.
La miré.
Naira también se puso de pie.
—Todavía no.
—¿Qué quieres?
—Tres días.
—¿Para qué?
—Quiero conocerte.
—¿Antes de rechazarme?
—Tal vez.
—Eso no parece bueno para mi orgullo.
—Sobrevivirás.
Durante tres días permanecí en el campamento.
Naira no hizo nada para impresionarme.
Eso fue lo que más me impresionó.
La vi reparar una montura.
La vi ayudar a una mujer enferma a cargar agua.
La vi discutir con Chaska sobre una ruta para mover caballos antes de una tormenta.
La vi montar un animal joven que yo no habría elegido ni aunque me pagaran.
No buscaba atención.
Simplemente era competente.
Y cuando alguien intentaba decirle que algo no podía hacerlo, parecía sentir la necesidad personal de demostrar lo contrario.
El segundo día me desafió a una carrera.
—No.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—Al menos eres honesto.
—Tengo un rancho pobre. No puedo pagar otro caballo si rompes el mío.
Lucero resopló como ofendido.
Naira sonrió.
—Tu caballo es mejor que tú.
—Eso ya lo sé.
Corrimos.
Me ganó.
Por bastante.
Cuando regresamos, un grupo de jóvenes guerreros estaba riendo.
Yo desmonté.
Uno dijo algo que no entendí.
Naira respondió con dureza.
Él se calló.
—¿Qué dijo?
—Que ahora sabes por qué nadie me quiere.
Miré al joven.
Después a Naira.
—Dile que lo que aprendí es que necesito un caballo más rápido.
Ella se quedó mirándome.
Luego tradujo.
Las risas cesaron.
No por miedo.
Por sorpresa.
Esa noche Naira se sentó junto al fuego conmigo.
—No te molestó perder.
—Claro que me molestó.
—No lo mostraste.
—¿Qué debía hacer? ¿Culparte porque montas mejor?
Sus ojos se suavizaron.
—Muchos hombres lo harían.
—Entonces muchos hombres son tontos.
—Eso ya lo sabía.
Nos quedamos callados.
Por primera vez pensé que quizá la propuesta de Chaska podía convertirse en algo distinto.
No un pago.
No un trato.
Una elección.
Pero la mañana del tercer día llegó una noticia del rancho.
Uno de mis cercos había caído.
Parte del ganado estaba suelto.
Tenía que regresar.
Cuando fui por Lucero, Naira estaba esperándome.
Llevaba una montura preparada.
—¿Qué haces?
—Voy contigo.
—¿Por qué?
—Si voy a decidir si quiero casarme contigo, quiero ver cómo vives cuando nadie está tratando de impresionarme.
—Mi rancho no impresiona a nadie.
Subió a su caballo.
—Perfecto.
Y así, tres días después de conocer a la mujer que ningún guerrero quería como esposa, cabalgué hacia casa con ella a mi lado.
Todavía no estábamos casados.
Pero por alguna razón, eso me ponía más nervioso que si lo estuviéramos.

NAIRA VIO MI RANCHO Y NO FINGIÓ QUE LE GUSTABA
Cuando Naira vio mi casa por primera vez, permaneció en silencio.
Demasiado silencio.
—Puedes decirlo.
—¿Qué?
—Lo que estás pensando.
Miró el techo.
Después el corral.
Después una sección de cerca inclinada peligrosamente.
—Estoy pensando que tu rancho intenta morirse.
—Eso es un poco dramático.
Una tabla cayó del cercado.
Naira me miró.
—El rancho está de acuerdo conmigo.
Suspiré.
—Bienvenida.
No tenía empleados permanentes.
Cuando podía, contrataba hombres de un pueblo cercano para trabajos grandes.
El resto lo hacía yo.
Veinte cabezas de ganado parecían pocas hasta que faltaba una cerca y cinco decidían que aquel era el día perfecto para conocer el mundo.
Pasamos la primera tarde localizándolas.
Naira encontró huellas que yo había perdido.
No presumió.
Eso casi me molestó más.
—Podrías fingir que fue difícil.
—¿Para proteger tu orgullo?
—Exactamente.
—No.
Al final del día estábamos cubiertos de polvo.
Le ofrecí la única habitación además de la mía.
—Yo dormiré en el establo.
—No.
—¿No qué?
—No voy a expulsarte de tu cama.
—No voy a dejarte dormir en el establo.
—Tampoco voy a compartir tu habitación.
—Nunca lo sugerí.
—Bien.
—Perfecto.
Nos miramos.
—La cocina —dijo ella.
—¿Qué?
—Dormiré ahí.
—Eso es absurdo.
—Tiene techo.
—También tiene ratones.
Naira me miró.
—Entonces ellos pueden dormir en el establo.
Le di mi cuarto.
Dormí en una silla.
A la mañana siguiente tenía el cuello destruido.
Ella no se disculpó.
Se limitó a decir:
—Necesitas una mejor silla.
Los días siguientes fueron extraños.
Naira podría haberse quedado sin hacer nada.
Era una invitada.
En cambio, empezó a ayudar.
No porque yo se lo pidiera.
Porque aparentemente era incapaz de observar algo roto sin pensar cómo arreglarlo.
Un poste.
Una puerta.
Una cincha.
Encontró una grieta pequeña en un canal de agua que yo llevaba semanas ignorando.
—Pierdes agua.
—Muy poca.
—En este lugar, poca sigue siendo demasiada.
Tenía razón.
La odié un poco por eso.
También me gustó.
Una tarde estábamos reparando un cerco cuando preguntó:
—¿Por qué sigues aquí?
—Es mi tierra.
—Eso no responde.
Me apoyé sobre el martillo.
—Mi padre murió aquí.
—Lo siento.
—Mi madre también vivió aquí hasta que enfermó.
—¿Y ahora?
—Ahora sólo quedo yo.
Naira miró el horizonte.
—Entonces no estás cuidando sólo ganado.
—Supongo que no.
—Estás cuidando una memoria.
—Tal vez.
—Las memorias también pueden destruir a una persona si obliga a vivir para ellas.
La miré.
—Hablas como si supieras.
No respondió.
Más tarde descubrí por qué.
Su madre había muerto cuando Tala era muy pequeña.
Naira había ayudado a criarla.
Tala era hija del hermano mayor de Naira, muerto años antes.
Chaska había perdido a su esposa y a un hijo.
Naira había terminado convirtiéndose en la persona fuerte porque todos parecían necesitar una.
—Entonces Tala es como tu hija —dije.
—No.
Me miró.
—Es mi sobrina.
—Pero la cuidaste.
—Sí.
—Y casi la perdiste.
Sus ojos bajaron.
Ahí entendí la dureza con la que había hablado de la deuda.
Para Chaska yo había salvado a su nieta.
Para Naira había salvado a una de las personas que más amaba.
Pero ella no quería que eso la obligara a quererme.
Y yo tampoco.
Al quinto día una tormenta llegó desde las montañas.
No como la del cañón.
Esta traía agua.
Mucha.
La lluvia cayó sobre la tierra dura y empezó a formar corrientes.
Corrimos a asegurar animales.
Uno de los terneros quedó atrapado al otro lado de una sección baja donde el agua crecía demasiado rápido.
—Déjalo —grité.
Naira ya estaba avanzando.
—¡Naira!
—¡Si el agua sube más, lo perdemos!
—¡También puedo perderte a ti!
Se detuvo.
Eso la hizo voltearse.
Por un segundo olvidamos la lluvia.
Yo había dicho demasiado.
Ella regresó dos pasos.
—Entonces ven conmigo.
Fuimos.
No fue heroico.
Fue barro, agua hasta las rodillas, una cuerda y un ternero que parecía decidido a morir por pura estupidez.
Logramos sacarlo.
Volvimos empapados.
Dentro de la casa, Naira empezó a reír.
—¿Qué?
—Tu cara.
—Casi te lleva el agua.
—A ti también.
—Yo estaba corrigiendo tu mala decisión.
—Yo estaba salvando tu ganado.
—Mi ganado no vale tu vida.
Su risa desapareció.
Me miró.
No había nada divertido en el silencio que siguió.
—Mateo.
—¿Qué?
—No digas cosas que no entiendes.
—Entiendo perfectamente.
—Llevamos una semana juntos.
—Sí.
—Eso no significa…
—No dije que significara nada.
—Tu cara lo dijo.
Me acerqué un paso.
Naira no retrocedió.
—¿Y qué dijo mi cara?
Sus ojos bajaron hacia mi boca.
Después volvieron a subir.
—Que eres un hombre peligroso.
—Pensé que ya habías decidido que era tonto.
—Puedes ser ambas cosas.
Nos quedamos a menos de un brazo de distancia.
Por primera vez quise besarla.
No lo hice.
Naira parecía esperar.
Eso lo hizo aún más difícil.
Finalmente me aparté.
—Te prepararé café.
—Cobarde.
—Sobreviviré.
Ella sonrió.
Aquella noche entendí el verdadero problema.
Ya no estaba intentando descubrir por qué otros hombres no querían casarse con Naira.
Estaba empezando a preguntarme qué tendría que hacer para que Naira quisiera casarse conmigo.
Y ésas eran dos preguntas completamente diferentes.
—
LA VERDAD SOBRE LOS HOMBRES QUE LA HABÍAN “RECHAZADO”
Una semana se convirtió en dos.
Naira seguía en el rancho.
Chaska mandó a un hombre preguntando cuándo regresaríamos.
Ella respondió:
—Cuando termine.
—¿Termine qué? —pregunté.
—De decidir.
—¿Y cómo va la decisión?
—Todavía estás vivo.
—Eso suena prometedor.
Entre nosotros había cambiado algo.
No éramos marido y mujer.
Tampoco simples conocidos.
Trabajábamos juntos con demasiada facilidad.
Discutíamos con demasiada frecuencia.
Y algunas noches nos sentábamos en el porche sin hablar durante largos minutos.
Nunca había conocido a una mujer que me hiciera sentir tan tranquilo y tan incómodo al mismo tiempo.
Una tarde llevamos dos caballos hacia una parte alta de mi tierra.
Desde ahí se veía todo.
La casa.
Los corrales.
La línea oscura de la sierra.
Naira desmontó.
—¿Sabes qué dijo el último hombre que quiso casarse conmigo?
—El del labio.
—Sí.
—Supongo que nada inteligente.
—Dijo que una mujer que sabe hacer demasiado termina haciendo pequeño a su marido.
Me apoyé contra la silla de montar.
—Eso suena como problema del marido.
Ella me observó.
—Eso le dije.
—¿Antes o después del golpe?
—Antes.
—Le diste oportunidad.
—Soy generosa.
Reí.
Después su expresión se volvió seria.
—Mi padre no te contó toda la historia.
—Eso lo sospechaba.
—Cuando dice que ningún hombre quiso casarse conmigo, lo dice porque así quedó la historia después.
—¿Cuál es la verdad?
Naira respiró profundamente.
—Yo puse condiciones.
—¿Qué condiciones?
—Que seguiría montando. Que seguiría participando cuando hubiera decisiones sobre mi familia. Que nadie podría golpearme ni decidir por mí dónde podía ir.
Fruncí el ceño.
—Eso no debería ser una lista difícil.
—Para algunos lo fue.
—¿Todos se fueron?
—Uno dijo que yo no quería marido. Quería un sirviente.
—¿Y tú qué dijiste?
—Que si considerar a una esposa una persona convierte al marido en sirviente, entonces quizá necesitaba aprender a servir.
Solté una carcajada.
—Puedo imaginar cómo terminó eso.
—Mal.
Miró hacia las montañas.
—Después la historia cambió.
Los hombres dejaron de decir que Naira los había rechazado.
Empezaron a decir que Naira era imposible.
Orgullosa.
Dominante.
Que ningún hombre sensato querría vivir con ella.
—Y tu padre.
—Mi padre me ama.
—Pero.
—Pero también teme que termine sola.
Asentí.
—Y cuando aparecí yo…
—Cuando apareciste tú cargando a Tala después de darle casi toda tu agua, él vio a un hombre que había elegido cuidar a alguien que no podía darle nada a cambio.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—Creo que pensó que quizá tú serías distinto.
—Así que me estaba poniendo a prueba.
—Probablemente.
—Eso me molesta.
—A mí también.
—Bien.
Nos sentamos sobre una roca.
—¿Y tú qué pensaste cuando te habló de mí?
—Que mi padre había perdido la cabeza.
—Justo.
—Después me dijo que habías preguntado si yo quería.
Me sorprendí.
—¿Eso importó?
—Mucho.
Me quedé callado.
Naira arrancó una hierba seca.
—Los otros preguntaban qué podía cocinar, cuántos hijos quería, si obedecería, cuánto ganado daría mi padre.
—Yo sólo quería saber por qué nadie te quería.
—Muy romántico.
—Nunca dije que fuera bueno en esto.
Su sonrisa desapareció lentamente.
—Mateo, si nos casamos, no voy a convertirme en otra mujer.
—Espero que no.
—No voy a pedir permiso para montar.
—Bien.
—Si creo que estás equivocado, te lo diré.
—Eso ya lo haces sin matrimonio.
—Y no quiero que algún día uses haber salvado a Tala para recordarme que te debo algo.
Eso me dolió.
No porque fuera injusto.
Porque entendí por qué necesitaba decirlo.
Me puse de pie.
—Entonces no nos casamos.
Naira también se levantó.
—¿Qué?
—No así.
—Mateo…
—Quiero que volvamos mañana.
—¿Al campamento?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tu padre debe escuchar algo.
Cabalgamos al amanecer.
Chaska nos recibió sin expresión.
Tala corrió hacia mí.
—Mateo.
Ya había aprendido mi nombre con facilidad.
La cargué.
Naira sonrió al verla.
Cuando estuvimos frente a Chaska, fui directo.
—La deuda está pagada.
Frunció el ceño.
—La unión todavía no se ha hecho.
—No hablo de matrimonio.
—Entonces no entiendo.
—Salvé a Tala porque era una niña perdida.
Puse a Tala en el suelo.
—No quiero pago.
Chaska endureció el rostro.
—Ya hablamos de esto.
—Sí. Y ahora conozco a tu hija.
Naira me miró.
—No aceptaré casarme con ella para cerrar una deuda.
El campamento empezó a quedar en silencio.
Exactamente como el primer día.
Chaska preguntó:
—¿La rechazas?
—No.
—Entonces ¿qué haces?
Miré a Naira.
—Le devuelvo la elección.
Nadie dijo nada.
—Si Naira quiere regresar a su vida aquí, me iré y no volveré a atravesar estas tierras. Si quiere casarse conmigo, será porque ella lo decidió.
Chaska me observó durante largo tiempo.
—¿Y si digo que eso no paga la deuda?
—Entonces vivirás con una deuda abierta.
Varias personas respiraron como si yo acabara de insultarlo.
Tal vez lo había hecho.
Chaska dio un paso hacia mí.
—Sabes lo que perderás.
—Sí.
—Tu ruta.
—Sí.
—Tu rancho sufrirá.
—Probablemente.
—Y aun así rechazas mi pago.
—Tu hija no es pago.
El silencio se volvió absoluto.
Entonces escuché la voz de Naira detrás de mí.
—Padre.
Me giré.
Ella no miraba a Chaska.
Me miraba a mí.
—Todavía no he respondido.
Y en ese instante tuve más miedo que durante la tormenta del cañón.
—
NAIRA FINALMENTE ELIGIÓ
Naira caminó hasta quedar frente a mí.
No había manta.
No había ancianas a sus lados.
No había misterio.
Sólo ella.
—Cuando llegaste —dijo— pensé que eras un idiota.
Alguien soltó una risa.
Yo levanté una ceja.
—Eso no suena prometedor.
—Cállate.
Cerré la boca.
—Pensé que cualquier hombre capaz de aceptar un matrimonio sin ver a la mujer debía ser desesperado o arrogante.
—Justo.
—Después preguntaste si yo quería.
Miró hacia su padre.
—Nadie había empezado por ahí.
Chaska no apartó los ojos.
Naira volvió hacia mí.
—Después me dejaste ganar una carrera.
—No te dejé.
—Bien.
Una pequeña sonrisa apareció.
—Eso mejora la historia.
Continuó.
—En tu rancho descubrí que eres terco.
—Eso ya lo sabía.
—Desordenado.
—Exageras.
—Tus cercas estaban cayéndose.
—Detalles.
—Y demasiado orgulloso para aceptar ayuda.
—Eso suena familiar.
Naira luchó contra una sonrisa.
—Pero cuando yo sabía hacer algo mejor que tú, no intentaste reducirme.
Miró alrededor.
Algunos de los guerreros bajaron la vista.
—Cuando discutimos, no dijiste que una mujer debía callarse.
—No parecía que hubiera forma de conseguirlo.
Ahora sí hubo risas.
Hasta Chaska pareció contener una.
Naira dio otro paso.
—Y cuando creí que ibas a usar la deuda para convertirme en tu esposa, renunciaste a ella.
Su voz bajó.
—Aunque te costara.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—Entonces…
—Entonces no quiero que mi padre me entregue.
Miró a Chaska.
—Quiero elegir.
Chaska cerró los ojos un instante.
Después asintió.
Naira volvió hacia mí.
—Mateo Molina.
—Sí.
—Quiero casarme contigo.
No recuerdo qué había pensado decir si aquello ocurría.
Probablemente algo inteligente.
Lo único que salió fue:
—Bien.
Naira me miró incrédula.
—¿Bien?
—Estoy intentando no desmayarme frente a todos.
Su carcajada llenó el espacio entre nosotros.
Fue la primera vez que la escuché reír sin contenerse.
Chaska se acercó.
—Entonces la deuda…
Lo miré.
—Sigue sin existir.
Él sostuvo mi mirada.
Después, muy lentamente, sonrió.
—Eres un hombre difícil.
Naira intervino:
—Por eso funcionará.
Nos casamos algunos días después.
No como pago.
No como obligación.
Como elección.
Nunca olvidé esa diferencia.
Naira vino conmigo al rancho.
Y la primera semana me informó que la mitad de mis herramientas estaba en lugares absurdos.
La segunda reparó un sistema para aprovechar mejor el agua.
La tercera discutimos durante dos horas sobre dónde mover el ganado.
Ella tenía razón.
No se lo dije hasta meses después.
—Lo sabía —respondió.
—¿Cómo?
—Porque terminaste haciendo exactamente lo que propuse.
—Podría haber llegado a la misma conclusión.
—Claro.
Tala venía a visitarnos con frecuencia.
Chaska también, aunque nunca admitía que disfrutaba sentarse en mi porche al atardecer.
Mi rancho no se convirtió milagrosamente en una hacienda rica.
Seguimos teniendo años malos.
Cercas que reparar.
Animales enfermos.
Temporadas en que cada moneda tenía que pensarse dos veces.
Pero dejó de parecer un lugar que intentaba morir.
Éramos dos personas cuidándolo.
Naira sabía leer la tierra de una manera distinta a la mía.
Yo conocía cada piedra del rancho.
Ella observaba patrones que yo ya no veía porque estaba demasiado acostumbrado.
Aprendimos.
Nos peleamos.
Nos reconciliamos.
Una vez, años después, le pregunté a Chaska si de verdad había creído que yo aceptaría su propuesta.
Estábamos sentados junto a un fuego.
Naira dormía dentro de la casa.
Chaska respondió:
—No.
Lo miré.
—¿Qué?
—Pensé que rechazarías.
—¿Entonces por qué lo hiciste?
—Porque necesitaba saber qué clase de hombre eras.
—Podías haber preguntado.
—Los hombres mienten cuando responden preguntas.
Señaló hacia la casa.
—Es más difícil mentir con decisiones.
Negué con la cabeza.
—Me utilizaste.
—Un poco.
—Naira tenía razón. Estás loco.
—Ella lo heredó de su madre.
Nos quedamos en silencio.
Después pregunté:
—¿Y si hubiera tratado a Naira como los otros?
La expresión de Chaska cambió.
—Entonces no habrías salido del campamento casado.
No pregunté qué significaba exactamente.
Preferí no saberlo.
—¿Sabías que ella aceptaría?
—No.
—Entonces arriesgaste mucho.
Chaska negó.
—Naira no era el riesgo.
—¿Qué era?
—Tú.
Sonrió.
—Ella siempre supo protegerse.
Eso también era verdad.
Durante años, la historia que otros contaban sobre Naira era que ningún guerrero había querido casarse con ella.
La realidad era mucho menos cómoda para ellos.
Naira había rechazado la idea de convertirse en una mujer más pequeña para hacer que un hombre se sintiera grande.
Algunos se retiraron.
Otros se sintieron humillados.
Y con el tiempo todos prefirieron decir que había algo malo en ella.
No lo había.
El problema era que muchos hombres querían una esposa que confirmara su importancia.
Naira necesitaba un compañero que no tuviera miedo de la suya.
No siempre fui ese hombre de forma perfecta.
Hubo días en que discutimos.
Días en que mi orgullo apareció.
Días en que ella tampoco fue justa.
Pero aprendimos algo importante desde el principio.
Ninguno tenía que ganar para que el otro tuviera valor.
Años después regresamos al mismo cañón donde encontré a Tala.
Ella ya no era una niña pequeña.
Caminaba delante de nosotros y se reía de algo que Naira le había dicho.
Me detuve junto a la roca donde nos habíamos protegido de la tormenta.
Naira se acercó.
—¿Aquí?
Asentí.
—Aquí.
Tocó la piedra.
—Si no hubieras escuchado a Tala…
—No lo digas.
—¿Por qué?
—Porque después empiezas a imaginar vidas que nunca ocurrieron.
Naira me miró.
—¿Nunca piensas en eso?
—A veces.
—¿Y qué piensas?
Miré a Tala.
Después a Naira.
—Que salí esa mañana intentando regresar a un rancho con veinte vacas y cercas rotas.
—Todavía tienes cercas rotas.
—Menos.
—Discutible.
Sonreí.
—Y terminé encontrando mucho más de lo que buscaba.
Naira me tomó la mano.
—Qué romántico.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
El viento pasó entre las piedras.
No había tormenta.
Sólo calor y cielo abierto.
Pensé en la mañana en que la vi por primera vez envuelta en aquella manta.
Yo había tenido miedo de descubrir cicatrices, enfermedad o algún defecto oculto.
La manta cayó.
Y el verdadero secreto resultó ser mucho más sencillo.
Naira nunca había sido una mujer que nadie quisiera.
Era una mujer que se negaba a pertenecerle a cualquiera.
Y quizá por eso nuestra historia empezó a funcionar únicamente cuando dejé de pensar en ella como la esposa que me habían ofrecido…
y empecé a verla como la mujer que tenía que elegirme por sí misma.
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